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Rosa Paz

Rosa Paz

Periodista

A rebufo de Vox y Ayuso

La radicalización de Casado responde a la incapacidad del PP de neutralizar al partido de Abascal y al discurso trumpista de la presidenta madrileña, que parece dispuesta a disputarle el liderazgo popular

El líder del PP, Pablo Casado.

El líder del PP, Pablo Casado. EP

Dice Pablo Casado que Pedro Sánchez ha cambiado el Gobierno con la única intención de mantenerse en el poder. Sorprende el argumento no porque la oposición no acostumbre a decir tales cosas sobre las intenciones que mueven al jefe del Ejecutivo, sino porque podría parecer que lo que le impulsa a él, en su descarnada estrategia de acoso y derribo, fuera otra cosa que llegar lo antes posible a la Moncloa. Parece que al líder del PP no le interesa la remodelación gubernamental más que para atacar al presidente, que ha calificado de «mala persona». Nada nuevo, hace meses le llamó felón. Sin embargo, no se muestra interesado en saber si quienes se estrenaron este lunes en las carteras ministeriales son personas con capacidad para desempeñarlas ni en si los cambios van a ser beneficiosos para el conjunto de la sociedad o no.

Puede que piense que sí, porque la permanencia de Sánchez, a la que él apela, dependerá de que el nuevo Gobierno lo haga bien y dependerán también de ello las posibilidades de ganar de nuevo las elecciones. Pero Casado no lo dirá. No solo porque entiende la tarea de oposición como una actividad destructiva, sino porque ni siquiera un terremoto gubernamental como el que ha desencadenado Sánchez le va a hacer al PP moverse un ápice del plan que ha diseñado, a rebufo de Vox y de Isabel Díaz Ayuso, para debilitar al Ejecutivo.

Los dirigentes populares se han autoconvencido de que la legislatura está agotada, el Ejecutivo es débil y está dividido y su supervivencia depende de los socios independentistas. Algunas cosas son ciertas. La última, por ejemplo. Pero mientras Sánchez piensa que la legislatura empieza ahora, una vez que está casi superada la pandemia y arranca la recuperación económica con la ayuda de los fondos europeos, Casado cree que el Gobierno ya no tiene nada que hacer, ni siquiera con los millones que llegarán de Bruselas.

De ahí que insista -y parece que lo va a seguir haciendo- en reclamar al presidente que convoque elecciones y dimita. Un empeño inútil, porque no hay nada que mueva a ningún jefe de Gobierno a adelantar los comicios salvo las encuestas a favor y este no es el caso en estos momentos. Los sondeos no le son favorables a Sánchez, en parte porque el Gobierno está padeciendo el doble desgaste de la concesión de los indultos a los presos del procés y del revolcón del PSOE en las elecciones madrileñas y en parte porque el PP sube mucho gracias a que absorbe al electorado de Ciudadanos. Hay incluso encuestas que dicen que de celebrarse ahora las elecciones, los populares, con la suma de Vox, podrían gobernar. Pero faltan aún dos años, un plazo muy largo en política, y esas predicciones podrían cambiar en unos meses. En eso confía Sánchez, claro.

La cuestión, no obstante, es por qué Casado ha retomado con tanto ímpetu la estrategia de la crispación, con ataques al Gobierno pero también a aliados tradicionales de la derecha, como los empresarios y la Iglesia, por haber apoyado los indultos, o boicoteando el homenaje del Congreso a las víctimas del terrorismo porque participa Bildu, cuando en anteriores ocasiones también lo hizo y el PP asistió, o absteniéndose de censurar las políticas homófobas de Orbán o con incursiones en el revisionismo histórico de la Guerra Civil, todo más propio de la ultraderecha. Y es que ahí está la causa de esa radicalización, en la incapacidad del PP de neutralizar a Vox, que sigue compitiendo, con posibilidades de éxito, por la hegemonía de la derecha.

Tampoco ayuda a moderar el tono la presidenta madrileña que, con su discurso de tintes trumpistas, parece decidida a disputarle a Casado el liderazgo del PP, tratando de ser ella quien marca la oposición a Sánchez, como hizo, una vez más, la pasada semana tras su encuentro con el presidente en la Moncloa. Esas son las pesadillas del líder del PP: Vox y Díaz Ayuso. No parece, sin embargo, que esté intentando desmarcarse de ellos con un proyecto político moderado y diferenciado, como el que perfiló en su intervención contra la moción de censura que presentó Santiago Abascal y como el que le reclaman algunos barones territoriales, pero que él ha abandonado. Como no los superará, desde luego, es por la vía de la imitación, que es la que ha emprendido.

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