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Daniel Capó

Saldremos adelante

La pandemia estrenó el tiempo de la angustia. Lo inesperado del suceso, la brutalidad del confinamiento, las horas consumidas en casa sin contacto humano con el exterior y sin poder disfrutar del aire libre, el miedo a perder el trabajo o a entregar las llaves del negocio definieron una cotidianidad extraña y terrible. Un tanto por ciento muy elevado de los infectados moría sin que los familiares pudieran despedirse de ellos. Era un mundo sórdido e inhumano que no toleraba siquiera la celebración de un funeral o el acto íntimo de un entierro. Los niños y los ancianos preocupaban especialmente, aunque fuera por motivos distintos. Se hablaba entonces –y mucho– de una segunda epidemia: la de las enfermedades mentales, que se creía se iban a disparar con el aislamiento social. Y así fue. Un reciente ensayo publicado en la revista The Atlantic, donde se resumen los datos que próximamente aparecerán en Perspective on Psychological Science, pone negro sobre blanco el impacto psicológico de la pandemia: los casos de depresión se incrementaron notablemente en los primeros meses del pasado año, a medida que el confinamiento nos arrastraba a un yermo de soledad o ponía a prueba la convivencia familiar. Pero lo curioso no es esto –que de hecho resultaba previsible–, sino la resiliencia humana; es decir, nuestra enorme capacidad de adaptación y resistencia. Pocos meses más tarde, apenas llegado el verano y recuperada una muy relativa normalidad, los datos fueron mejorando hasta alcanzar cifras similares a otros años.

¿Qué significa esto? Los autores del estudio sugieren la existencia de un sistema inmune psicológico que actúa ante los shocks, los traumas y las situaciones de gran angustia. Dicho de otro modo, somos mucho más resistentes de lo que pensamos. Cuando creemos que no vamos a ser capaces de afrontar tal o cual desafío, al final lo conseguimos, aunque por supuesto queden heridas, algunas más difíciles de cicatrizar que otras. Salimos adelante, a pesar de todas las dificultades.

En cierto modo, se trata de un mensaje de optimismo. Uno puede ser pesimista en lo político, en lo económico, en lo social, en lo cultural, en lo sanitario, y tenemos muchos motivos para ello; pero, a largo plazo, yo no apostaría en contra de la humanidad. No debemos hacerlo porque una y otra vez vamos a equivocarnos. Haber logrado una vacuna en el plazo tan breve de un año constituye un buen ejemplo. No sólo el hallazgo –con una tecnología novedosa e innovadora–, sino la capacidad de fabricarla a una escala masiva: algo también sin precedentes, a pesar de su complejidad.

Por eso, saldremos adelante. Lo haremos en lo económico, en lo político, en lo sanitario, en lo social, en lo psicológico y en lo mental. No sé cuándo ni cómo, pero seguramente antes de lo que pensamos; y, si no, también resistiremos. Porque es propio del hombre resistir: confiar en la humanidad. E, igualmente, la pandemia pasará gracias a las vacunas, a las restricciones, a los nuevos medicamentos, a una mayor reserva inmunológica que permita alcanzar algo parecido a la famosa inmunidad de grupo. A saber. Pero lo importante es no olvidar esta lección: también esto pasará. Y, como ha sucedido con las depresiones y la enfermedad mental, algún día –no muy lejano, espero– llegará una nueva normalidad en la que podamos vivir como antes.

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