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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Armengol y Puig, mensajeros del futuro

Los pasados 5 y 6 de julio se ha celebrado en el Palacio de Congresos una cumbre entre las comunidades de Baleares y Valencia, encabezada por sus respectivos presidenta y presidente, Armengol y Puig, la implacable presidenta y el hombre del bisoñé. Su principal reivindicación es la de sus respectivas comunidades: el papel protagonista de la periferia frente al poder central del Estado. Para ello encabezan una iniciativa que se aparta de la tradicional, enmarcada por el perímetro lingüístico de los Països Catalans. Era inevitable cuando el poder nacionalista en Cataluña lo que quiere es precisamente desvincularse del Estado. La pertenencia de ambos al PSOE les obliga a exigir un cambio político, administrativo y económico que cambie las costuras del Estado, pero sin romperlo, transformarlo en sentido federal. El catálogo de exigencias, de muy variada potencia, se resume en una: quieren más dinero. Exigen una mayor participación de las CC AA en los principales ingresos tributarios, mayor capacidad normativa y de gestión tributaria. Un compromiso inversor en infraestructuras en la periferia y una quita del pasivo que tienen sus comunidades con el Estado. Por pedir que no quede; también exigen al Estado que asuma el total de la deuda autonómica, la que tienen con todos sus acreedores. Como estrambote, solicitan que se evite la competencia desleal entre autonomías en materia fiscal. En román paladino, que se acabe con el dumping fiscal de la comunidad de Madrid. Es lo que tiene vivir en el mundo fantástico donde no existen contradicciones: que la periferia tenga la máxima autonomía fiscal a costa de que la de Madrid sea cercenada de un tajo. Apuestan por la economía azul; disciplina en la que somos vanguardia, como se ha podido comprobar con el consumo de territorio de la autopista de Campos que, claro, se topa con Campos y toda fluidez queda rápidamente olvidada.

Todo lo anterior no es ninguna novedad. Más bien es el eterno retorno de un discurso con el que las élites autonómicas pretenden asentar, reforzar y consolidar su independencia y su poder respecto a una empresa común llamada Estado Español.

Lo que sí es una novedad es la pretensión de presidenta y presidente de encarar la llegada de los fondos europeos por la pandemia de la covid-19 liderando un gran proyecto en el campo de la astrofísica de multimensajeros. Confieso mi estupefacción ante tanta ambición. En el fondo se trata de la misma propaganda del gran jefe Sánchez afrontando el reto de 2050. Cuando no se atisban soluciones para los problemas del presente, sea las diferentes crisis que vivimos: la territorial, la institucional, la económica, la monárquica, la inmigratoria, la pandémica, la política, la de las pensiones, no hay mejor receta que liarse la manta a la cabeza con proyectos para el futuro a base de multimensajeros: rayos gamma, neutrinos, protones y ondas gravitacionales. Los rayos gamma son fotones, radiación electromagnética de alta frecuencia. Los neutrinos son partículas sin carga de una masa ínfima que lo atraviesan todo sin interactuar con nada. Ambos, rayos gamma y neutrinos son subproductos de la colisión de los rayos cósmicos (protones y núcleos de átomos aceleradísimos) con gas interestelar o interacción con fotones de alta frecuencia. Mientras fotones y rayos gamma indican aproximadamente su procedencia, no lo hacen los rayos cósmicos que al tener carga eléctrica son desviados por los campos magnéticos enormemente potentes de astros como las estrellas de neutrones. Se sabe que es en las estrellas donde se producen elementos de la tabla periódica como el carbono y el hierro. Otros elementos como el oro y otros materiales preciosos o el uranio son producto de fuentes cósmicas como colisiones de estrellas de neutrones y explosiones de supernovas. Pero todos estos enviados no son mensajeros del futuro, son mensajeros del pasado; son cientos de millones de años-luz o miles de millones los que han tenido que viajar hasta llegar a nosotros. De verdad que deseo que arriben a nuestras costas el máximo de fondos europeos, pero no atisbo a elucidar qué proyecto en ese campo de las partículas superenergéticas puede ser encarado por Armengol y Puig. Está bien que los investigadores se enzarcen con la fusión atómica o con el plasma a cientos de millones de grados centígrados, muy superiores a la temperatura del sol, confinado por campos magnéticos, como ya hacen en China; pero dudo que Armengol gobierne hasta que traigamos oro de una supernova. Hasta que lleguemos a El Dorado serían precisos planes a más corto plazo.

Mensajero del futuro fue Isaiah Berlin. Así fue calificado por Anna Ajmátova cuando fue a visitarla a Leningrado el 20 de noviembre de 1945. Para Ajmátova, la autora de Réquiem (Como las viudas de los Streltsy/ Aullaré bajo las torres del Kremlin), el encuentro tuvo una significación histórica y erótica. Para una mujer que alardeaba de la pasión de Pasternak por ella, aislada, censurada y perseguida por Stalin, con el marido fusilado y el hijo en la cárcel, la visita del filósofo letón en ciernes fue un acontecimiento crucial en su vida. No sabemos si ocurrirá lo mismo con Armengol. Puig no tiene en común con Berlin más que una profunda alopecia, aunque el filósofo se guardó mucho de esconderla; le parecería una impostura impropia de un humano en busca de la verdad. Aunque disculparía la ocultación acudiendo a Kant: «con el fuste torcido de la humanidad no puede construirse nada absolutamente recto». No sé en qué pueda parecerse Armengol a Ajmátova, excepto en la A que lidera su apellido.

Armengol afirma que será implacable con los infractores a las restricciones debidas a la pandemia. Ajmátova sufrió la implacabilidad de un régimen totalitario presidido por un asesino que se propuso la eliminación de los disidentes. Son dos figuras antitéticas. Una, musa de la modernidad poética rusa, avista una señal del fin del sufrimiento para ella y el pueblo ruso. La otra, musa del Hat, cree avizorar el futuro de los mallorquines en la investigación de las ondas gravitacionales y en el frito de neutrinos, ligero. No digo que no sea posible, pero uno apreciaría planes a más corto plazo. Al fin y al cabo, no deja de ser verdad aquella afirmación de Keynes cuando le reprocharon que el gasto público en situación de crisis generaría inflación a largo plazo: «A largo plazo estaremos todos muertos». Agradeceríamos planes realistas para nosotros y nuestros hijos, los que aún estamos vivos.

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