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José María de Loma

Estéticas veraniegas

Sombrero, abanico en el bolsillo trasero del pantalón y el polito muy metido por dentro. No, por favor

Contemplo con piedad a hombres de mi generación que han abrazado un gran cambio estético. Triple. Sombrero, el polo metido por dentro y un abanico en el bolsillo de atrás del pantalón.

Vamos por partes. Por separado, cada uno de esos tres elementos puede resultarme atractivo. Incluso dos de ellos. Por ejemplo, sombrero y abanico asomante en el culamen. O polito por dentro y sombrero. Pero los tres no, por favor. Es que los tres a la vez, la triada mágica del hombre maduro preparado para el calor, el estío o el terral, me resulta un poco estrepitosa estéticamente. Haríamos una excepción si el sujeto va de Feria. Pero es que, hombre de Dios, va usted a pasear al perro, a comprar el pan o a la oficina a soportar a Gutiérrez. Otra cosa es que quiera parecer un desocupado rentista de Guadalajara o Móstoles que ha venido al notario y tiene mesa en una marisquería.

A cierta edad, mejor dicho, a cierta barriga, el polo por dentro abomba aún más la figura y el pantalón además tiende a subir cerca del pecho. El atentado estético queda consumado. Por fuera, el polo es más cómodo, sobre todo en verano. Más llevadero, más propicio a que el aire circule.

El abanico es un gran invento. De hecho, este artículo iba a ser una teoría del abanico, pero las ideas a veces parecen abanicos de tanto moverse. El abanico es la mano del viento. Un aforismo sobre el abanico no puede dejarte sin aire.

Y del sombrero qué vamos a decir. Pues nada, no vamos a decir nada salvo que contribuye, principalmente en caso de calvicie o cartón visto, a que no nos quememos la testa demasiado ni nos insolemos. Si además es elegante, mejor que mejor. Hay que tener bien amueblada la cabeza para llevar una boina. Sobre la gorra urge un manual de estilo. Incluso la prohibición a ciertas edades. Seamos conscientes de nuestros actos y nuestra vestimenta, ejerzamos nuestra libertad, espantemos el calor. Pero no nos encasillemos, hombre, que estamos mayores pero no tanto. Que no parezca que vamos uniformados. O sea, que venimos siempre de jinarnos un bocadillo de pringá antes de oír al pregonero.

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