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Pedro Coll

La isla del tesoro

Cayo Coco, Cuba, 2014.

Cayo Coco, Cuba, 2014. @PEDRO COLL

La que aquí muestro es una imagen de los cayos cubanos homenajeando al genial Mark Rothko. Como siempre, la generosa naturaleza echándole una mano al artista.

Esos azules cobalto y las aguas cristalinas, los manglares y los cimbreantes cocoteros que ilustran los folletos y páginas web de ofertas de viajes los descubrí realmente en mi adolescencia leyendo a Robert Louis Stevenson. Aquellas imágenes y sensaciones narradas por él quedarán fijadas en mi cerebro hasta el día de mi muerte como símbolo de lo mágico, de lo fantástico, como sinónimo de felicidad.

Fernando Savater lo dice de manera magistral en La infancia recuperada (Taurus Ediciones, 1977): ‘La narración más pura que conozco, la que reúne con perfección el fulgor incomparable de la audacia victoriosa, el perfume de la aventura marinera –que siempre es la aventura más perfecta, la aventura absoluta– con la sutil complejidad de la primera y decisiva elección moral, en una palabra, la historia más hermosa que jamás me han contado es La isla del tesoro. Raro es el año que no la releo al menos una vez; y nunca pasan más de seis meses sin haber pensado o soñado con ella.

Apuesto a que esas palabras de Savater serán suscritas por quienes fuimos educando nuestra imaginación al amparo del infinito poder de la palabra escrita, todavía ajenos al efecto arrasador de la comunicación visual. Sin haberla escuchado nunca, tan solo imaginado al leerla, aún retumba en mis oídos, como si realmente la estuviera oyendo, la voz ronca y arrastrada de John Silver el Largo cantando una y otra vez el maldito estribillo: ‘¡Quince hombres en el cofre del muerto, yo, jo, jo, la botella de ron! ¡La bebida y el diablo se llevaron al resto, yo jo, jo, la botella de ron!’.

La arena blanca y fina, la infinita paleta de azules, las aguas templadas y transparentes siguen estando aquí, como dan fe imágenes como esta, obtenidas durante estas últimas décadas -asumo en ello mi parte de culpa, por pura necesidad alimenticia- en innumerables cayos y playas del Caribe para satisfacer la voracidad comercial de compañías turoperadoras y hoteleras. Pero lo cierto es que ya no están aquí John Silver el Largo, ni La Hispaniola, buque insignia de cuantos han surcado los mares de la literatura bajo bandera negra, ni el deseado cofre del tesoro, ni todos los desarrapados que lo buscaban a vida o muerte. Se acabó la magia y la fantasía, el riesgo y la aventura. Nos queda sólo la memoria imaginada de algo que fue y que ya nunca jamás volverá a ser.

Ahora, lo que aquí hay son inmensos hoteles all-inclusive rebosantes de esos nuevos ‘arriesgados’ descubridores, la mayor parte de ellos ignorando ese espacio natural maravilloso que les rodea, apoltronados en las hamacas que rodean sus cloradas y seguras piscinas, bebiendo y comiendo sin límite y friéndose al sol.

Os aseguro que si John Silver el Largo y los suyos se hubieran encontrado con este panorama no hubieran dejado títere con cabeza.

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