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Juan José Millas

Tierra de nadie

Juan José Millás

La autoría

Desayuné en la terraza de un bar donde los gorriones, desde el suelo, suplicaban que les arrojáramos una miga de cruasán. Los más atrevidos se posaban sobre la misma mesa y tomaban apresuradamente un par de restos antes de huir. El gorrión es un pájaro lleno de ansiedad, de ahí sus movimientos nerviosos, su estado de alerta permanente. Es un ser estresado. Se lo dije al tipo que desayunaba en la mesa de al lado:

-Sufren de estrés.

-Hable en singular -dijo él-; sufre de estrés.

-Es que son muchos -repliqué.

-Pero todos son el mismo -sentenció.

Seguí a lo mío mientras metabolizaba la frase del individuo. Finalmente, le pregunté qué había querido decir.

-He querido decir lo que he dicho: que todos los gorriones son el mismo gorrión -respondió.

- ¿Es el mismo el que está encima de la mesa y el que está debajo? -insistí.

-Claro.

-Querrá decir que son idénticos.

-No se empeñe en corregirme: son el mismo.

Toda la mañana vi gorriones y de todos pensé obsesivamente que eran el mismo. La sugestión había funcionado.

Pero si todos los gorriones eran el mismo, todos los hombres eran también el mismo hombre. De hecho, al recordar al individuo del desayuno se me representaba como muy parecido a mí. ¿Cómo no me di cuenta en ese instante? Pasé el resto del día hablando con unos y con otros y todos eran como yo o yo era como ellos. Quizá, bajo aquella apariencia de diversidad, el mundo estaba habitado por un solo gorrión y por un solo ser humano y por un solo perro y un solo gato y un solo hámster y así de forma sucesiva.

Al día siguiente, volvimos a encontrarnos a la hora del desayuno. Le dije:

-He aceptado que yo soy usted y que usted es yo.

-Entonces -dijo-, mi misión en la Tierra ha terminado.

Y tras abonar lo mío y lo suyo se levantó y se fue.

Amable lector, usted es yo. Usted, al leer este texto, lo ha escrito.

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