Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

José Carlos Llop

De claustros y editores

1. Hay dos maneras de perder la memoria sin acudir a la patología: una es la metamorfosis de los lugares donde vivimos en el pasado, que implica la desaparición de los escenarios donde nos hicimos. Otra es que le borren a uno –como se hacía en tiempos de Stalin y como hacen ahora sus alumnos, no necesariamente comunistas– de donde está o estuvo: la desaparición de la memoria colectiva. Ambas son maneras de extraviar los recuerdos. La primera por uno mismo; la segunda porque se le elimina a uno de la foto de su propio pasado: los recuerdos son hoy otra mercancía. Hace poco leí un anuncio ideado por alguna agencia de publicidad que decía así: ‘nos encanta crear recuerdos’. ¿Cómo se atreven? Pues sí, se atreven. Y lo peor es que tienen un público. Y si no lo tienen, lo crean, como los mismos recuerdos que dicen ser capaces de crear, en un alarde digno del 1984 de Orwell pero en rosa amable en vez de en negro siniestro.

La reencarnación actual de la novela de Orwell no está en la identificación de los rostros en los aeropuertos –miles de rostros controlados al unísono por una máquina–, ni en el seguimiento de cualquiera a través de su móvil, ni en la fiebre de demanda y tráfico de datos personales en la época que más se habla –hipócritamente, por supuesto– de protección de datos. No, esta reencarnación existe en la oferta sonriente que el mundo hace a sus habitantes, de manera que todos acabemos haciendo lo mismo. Ahí está 1984: creando recuerdos familiares en un viaje de verano. Recuerdos para los que no han de tener más recuerdos que los acordados industrialmente; el resto dejarán de serlo y no sólo: como en 1984 los recuerdos al margen de lo establecido serán un resto del mundo de ayer que debe extirparse, cuando no un acto inadmisible de subversión.

Hace unos meses, algunos antiguos alumnos de Montesión mostrábamos nuestra estupefacción ante los planes de reforma del viejo colegio y su futura reconversión en residencia de ancianos, o algo parecido. No es que ahora el antiguo colegio sea un modelo de juventud, precisamente, pues la media de edad de quienes lo habitan, digamos que baja no es. Y tampoco nosotros –los alumnos– tenemos derecho de propiedad, ni siquiera intelectual, sobre lo que ha de ser o no el colegio donde nos formamos y aprendimos a ser críticos incluso con nosotros mismos. Pero tenemos memoria y de ahí a dejarlo en lo que nunca fue, víctimas sus cabezas pensantes de los tiempos que corren y de una cierta derrota frente al mundo, median unas cuantas leguas.

Todo puede, sin embargo, estropearse aún más y estos días ha corrido por internet una fotografía del viejo claustro donde tantas horas pasamos –y donde formaban, durante la llamada Guerra de la Independencia, los alumnos del Real Colegio de Artillería– convertido en un cromo de colorines pastel, o en una instalación de Playmóbil. Se trata de una imagen extraída de una serie británica que se rodó en Mallorca hace poco, ni idea su nombre y ni idea tampoco su argumento, ni curiosidad, ni ganas. Pero la cursilería de la imagen era de las que marcan época –desde los trajes al entoldado presidencial, las pancartas colgadas entre las columnas y su ‘chiripitifláutica’ composición–. En Montesión fuimos (y fueron quienes regían el colegio) muchas cosas y muy distintas y a veces contradictorias, pero cursis, lo que se dice cursis, nunca. Pues del mismo modo que la matriarca de una conocida familia mallorquina, al saber que uno de sus descendientes iba a entroncar con otra a la que consideraba algo inestable, exclamó: «Sa locura ha entrat a ca nostra!», nosotros ya hemos visto la cursilería campando a sus anchas por el claustro cuya primera maldición fue retirar a San Alonso de su centro y esconderlo en un lateral cubierto (y no vale el argumento de su conservación: una estatua, como las personas, ha de mostrar las heridas del tiempo).

Deberían colgar un cartel de ‘Se alquila’ en la fachada. Y no preocuparse –no creo que lo hagan– porque aquí los motivos crematísticos se disculpan –incluso se elogian– todos. ¿Una Fenicia ignaciana? Cosas más raras se han visto, pero me da la impresión –sin que sirva de precedente– que en el maravilloso claustro que tan bien describió Albert Camus –el del vecino colegio de San Francisco– nunca se habría permitido ese engendro visto estos días en televisión.

Y 2. Entre las mujeres providenciales que he conocido en mi vida está la editora Anik Lapointe, quien desde hace varios años trabaja en la editorial Salamandra. Antes lo hizo en RBA y cuando la conocí –hace ya un cuarto de siglo– estaba en Edicions 62, tras haber pasado por Quaderns Crema, del añorado Jaume Vallcorba. En su época de 62 sus digamos jefes eran Josep Maria Castellet y Xavier Folch y al contratar mis libros tuve que pasar por el consentimiento de ambos, que me recibieron, he de decirlo, con gran generosidad y muestra de ello son los seis o siete que publiqué en la casa.

Recordar a los muertos también es evitar que se vayan del todo. Sobre Castellet escribí cuando murió y a Folch lo evoco ahora que acaba de morirse, exorcizando la costumbre que tienen algunos escritores de escribir mal –o hablar mal en una entrevista– sobre un difunto reciente que ya no puede contraatacar o defenderse. Le debo mucho a Anik, pero también a Folch que creyó en mi literatura y nunca he de olvidar sus palabras en La Vanguardia cuando me publicó Quartet en la colección L’Escorpí. La misma colección donde años atrás había leído a Foix, a Parcerisas y a Gimferrer, por citar sólo a tres cuya poesía contribuyó a que pasado el tiempo pudiera escribir Quartet y Xavier Folch lo publicara, manifestando su entusiasmo, él que era hombre lacónico y de gesto impertérrito, como un intelectual de la Guerra Fría. Había estado en la editorial Ariel –capital ensayístico de la España de los 70– y cofundó la imprescindible editorial Crítica. Todo lo que hacía Folch parecía estar hecho desde la profundidad del silencio: había en él una rara beatitud civil que emanaba de su persona, hasta no saber si estabas en una conversación literaria o en un curso de meditación: lo enriquecedor es que con él siempre estabas en ambos a la vez. Descanse en paz, pero he de recordar que paz, siempre dio la impresión de poseerla a raudales.

Compartir el artículo

stats