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Matías Vallés

El virus de la industria de los forasteros

El turismo ha sido el principal diseminador del coronavirus y su primera víctima, pero se comporta como si nada hubiera pasado

La mayoría de los aquí reunidos preferiría estar ahora mismo en Bali, sin necesidad de especificar a qué actividades consagraría su tiempo en la isla ecuatorial. Esta certeza subjetiva cercena cualquier pretensión teórica de interpretar el turismo, equivalente a pedirle su opinión sobre el matrimonio a un distinguido filósofo recién divorciado. Ni siquiera el papanatismo lacerante de discriminar a los turistas respecto a los viajeros, entendidos como delicados connoisseurs con un paladar planetario, aclara la pasión por el sacrificado cambio de ubicación.

Quien sugirió que el amor es pedirle algo que no tiene a alguien que no está dispuesto a darlo, estaba pensando en el turismo, sin más que cambiar personas por lugares. Destinos, en ambos casos. Esta indefinición no aminora la potencia colosal del viaje de vacaciones. Pocas cosas hay en el planeta capaces de torcer una convicción a Boris Johnson, tozudo como una mula, pero su exigente semáforo ha sido doblegado por La industria de los forasteros, en la acepción acuñada por Bartolomé Amengual en 1903.

Cioran exigía directamente la prohibición del turismo, tras una provechosa estancia en Ibiza documentada en su Cuaderno de Talamanca. Ningún pensador ha influido jamás en una decisión política, pero la tesis del rumano hubiera ahorrado a la humanidad una pandemia, como mínimo. El turismo ha sido el principal diseminador del coronavirus, que viaja en avión según pueden confirmar los estudiantes contagiados este mes tras el disfrute sin trabas de la noche mallorquina.

Ischgl es el monosílabo impronunciable que define a la estación invernal austriaca también conocida como la Ibiza de los Alpes. El consenso epidemiológico le otorga el papel de vórtice del embate inicial e invernal de la pandemia, transmitido desde sus pistas y sus discotecas al resto de Europa. Si alguien siente curiosidad por el origen de la segunda oleada de la covid, puede contemplar los mapas de la Unión Europea que dibujan la propagación veraniega, desde Madrid al resto del continente.

El turismo es causa principal de la pandemia desde las festividades del Año Nuevo chino, pero se erige también en su víctima más singular. Esta condición se advierte en el hundimiento de las economías, desde los archipiélagos españoles hasta Vanuatu. Sin embargo, y abrazando una tónica frecuente en la industria de los forasteros, la doble condición de origen y diana no perturba las coordenadas del sector. Ni con los dogos fue Venecia tan arrogante como al prohibir el desgarro de los macrocruceros anclados en el corazón de la ciudad, cuando los mastodontes estaban arrinconados por la pandemia. En cuanto volvieron a programarse, los ha aceptado sin rechistar.

El turismo no tiene nada que aprender, en esto se parece al turista. Construir doctrinas en torno a la piña colada suena disparatado incluso en la postmodernidad. Los mimbres de la industria de los forasteros son tan incoherentes que la mayoría de entrevistas sobre la resurrección imparable del frenesí viajero, en cuanto se convenza a la opinión pública de que el virus ha sido desactivado, se llevan a cabo por vía telemática. Equivalen a un almuerzo vegetariano con un preboste de la industria del jamón.

El poder del turismo consiste en zafarse de las convenciones intelectuales, no en promoverlas. Mientras las academias denuncian la «apropiación cultural» como la cumbre del desprecio étnico, los movimientos de masas no tienen otro objetivo que apoderarse fugazmente de señas de identidad exóticas que la borrachera les impedirá distinguir. La evasión turística no supone únicamente la salida del lugar habitual de residencia, sino la creación carnavalesca de un alter ego. En efecto, existe también algo llamado turismo artístico, con el que sin duda podría llenarse el uno por ciento de los hoteles desperdigados por el planeta.

El turismo escapa a la hondura mesetaria que suele definir a los presidentes del Gobierno, trátese de una localización estricta en Aznar, Zapatero y Sánchez, o trasplantada en Rajoy y González. Jamás entenderán las habitaciones a mil euros, las tumbonas a doscientos y la exigencia de que la botella de Krug sea la más cara. Este rechazo visceral ha sido fundamental para que la industria de los forasteros, sin duda la más contaminante del planeta, prosperara sin trabas. Una caudalosa conversación con Ángel Palomino, fértil autor de Torremolinos Gran Hotel, se sedimenta en su propuesta de que los políticos mantengan sus sucias manos alejadas de los viajes de placer.

Así ha ocurrido, un vacío legal a plena satisfacción de gobernantes y empresarios del ramo. Pese a su rango de ciudad sin ley, el orbe turístico está hoy preso como el financiero de la saturación de intermediarios y parásitos costosos, pero sin valor añadido. Aportan millones de estadísticas, pero ni un solo turista. Se asemejan a los cínicos que apoyan el turismo y gravan los vuelos cortos, equivalentes a los amantes del coche eléctrico que depositan millones en los vehículos convencionales. Y es que el turismo ideal no existe, porque consiste en que los demás no vayan donde nosotros estamos, ya sea residiendo o como aves de paso.

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