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¿Del macrobrote al SOS (Servicio Obligatorio Social)?

«Brote de contagios entre estudiantes de la Península que al superar los exámenes de la EBAU se citaron en Mallorca para celebrar el final de curso». «Más brotes detectados con estudiantes en Menorca». Poco o nada organizado, saben cómo navegar en las redes, conseguir desde vuelos a hoteles y hacer quedadas sin necesidad de intermediarios.

A todos los que tenemos cierta edad nos surge una pregunta incómoda: ¿Son los jóvenes más irresponsables que en el pasado? Creo que no. Es a la política a quien le corresponde lanzar propuestas que intenten corregir el hedonismo creciente en la sociedad, del que la juventud resulta perjudicada y, por ello, estigmatizada.

Hay jóvenes que son y han sido un ejemplo de solidaridad, pero también es cierto lo que apuntaba el pediatra y epidemiólogo Quique Bassat en una entrevista en el periódico digital El Confidencial. Según este experto, artífice del modelo de éxito en las escuelas durante la pandemia: «Los jóvenes le han decepcionado mucho». Hemos de insistir que generalizar nunca es el camino más adecuado y no todo son rectas. Para llegar a esa conclusión hay subidas, bajadas y curvas, como las de la covid19.

El coordinador del Grupo de Trabajo de la Asociación Española de Pediatría (AEP) para la Reapertura de la Escolarización, que asesoró al Gobierno el verano pasado sobre cómo reabrir los centros educativos, recordaba que fue necesaria mucha valentía para aguantar la presión social y de las familias. El epidemiólogo se felicitaba del compromiso del profesorado asumiendo responsabilidades que excedían de su trabajo y echaba de menos un compromiso más solidario de la juventud, con un mayor activismo en los peores momentos para contener el virus.

Durante los primeros días del estado de alarma los gobiernos de todo el mundo trataron la lucha contra la pandemia cómo una guerra. En las guerras la población civil es el objetivo militar, en esta también los afectados fueron los más frágiles: nuestros mayores y las personas con enfermedades crónicas. En las contiendas tradicionales los jóvenes son carne de cañón y los primeros en ser llamados a filas. En esta guerra contra la covid, les dimos un papel marginal, secundario, encerrados en casa consumiendo horas de redes sin más. No se les pidió ningún compromiso, solo que no molestaran.

Recientemente tuve la oportunidad de hablar con los representantes de una cooperativa de consumo que, como todos los establecimientos esenciales, estuvieron al pie del cañón y me comentaron lo orgullosos que se sintieron los trabajadores, superando el lógico miedo, al sentirse útiles ante los suyos, la sociedad.

Igual experiencia personal tuve con enfermeras, coordinadoras sanitarias y políticos, guardias civiles, fuerzas de seguridad y trabajadores de limpieza, junto a los que me tocó convivir los primeros días en el control de los puertos y aeropuertos en las Islas Baleares, con escasas, por no decir inexistentes, mascarillas, guantes y ‘granotes’ (batas verdes).

El servir a tu sociedad es uno de los valores más destacados que puede sentir una persona a lo largo de su vida, pero para ello hay que fomentar la solidaridad, la cultura del esfuerzo, la disciplina y, por supuesto, crear mecanismos para que se puedan ejercer.

Emmanuel Macron ganó las presidenciales en Francia prometiendo la mili civil obligatoria. En Alemania, Austria y países escandinavos existen diferentes fórmulas que nos emplazan a hacernos una pregunta impopular, en especial para aquellos que hicimos la puta mili: ¿Es momento de abrir el debate sobre algún tipo de Servicio Obligatorio Social (SOS) remunerado, tipo Erasmus solidario, en España? De cara a futuras pandemias u otras emergencias que los expertos nos alertan ¿Iría bien tener muchas UMEs (en este caso civil) dispuestas a ocupar responsabilidades en residencias, hospitales, aeropuertos o centros logísticos?

El debate pospandémico está abierto y sin rasgarnos las vestiduras, ni hacer de ello un arma contra el rival político, deberíamos extraer lecciones de una situación que nunca llegamos a imaginar que pasaría. Es necesario aprender de los errores y ver cómo, en situaciones similares, podríamos mejorar nuestra respuesta como sociedad.

La noticia de jóvenes disfrutando de un merecido descanso en Mallorca y en el conjunto de Baleares, pero incumpliendo unas normas que parecía que no fuese con ellos, nos debe hacer reflexionar sobre qué futuro nos espera.

En España tenemos grandes virtudes, entre ellas las de disfrutar de un Estado que sin llamarse federal está fuertemente descentralizado. Las decisiones son muy cercanas a la ciudadanía. Eso sí, gracias al desconocimiento sobre qué compete a cada uno, es muy fácil derivar responsabilidades hacia arriba cuando las decisiones a tomar son arriesgadas. Otro de los déficits es la poca interrelación entre clases sociales, territorios e informaciones sobre lo que no es de tu círculo de interés o de tu Comunidad Autónoma.

Precisamente, si no fuese por el macrobrote surgido y el incumplimiento de las normas, el hecho de que jóvenes de toda España queden fuera de su territorio para verse en Baleares, sería una gran noticia que deberíamos fomentar. Por eso, si finalmente algún día se instaura un Servicio Obligatorio Social (SOS), retribuido en forma de Erasmus o Seneca al cumplir los 18 años, nos podría ayudar a conocernos, reducir perjuicios y, sobre todo, a salir de nuestra burbuja social, de clase y territorial. El debate está abierto.

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