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Alex Volney

Crónicas eternamente inéditas

Esta pasada primavera nos dejó el que fue más de treinta años cronista de la ciudad, el Sr. Toni Puente. A principios de año coincidimos muy cerca de la clínica Marenostrum. Todo un personaje. Devorador de libros y viejo cliente que como abogado había tenido despacho en la plaza de Santa Eulàlia. Antoni Puente Munar de Can Joia, en Algaida, de donde era su madre, solía decir a menudo (a su círculo) que había sido «un nin mimat...he tengut molta sort a la vida, he estimat molt i m´han estimat molt». Una de sus últimas pláticas en la librería fue, sentado y bastón en mano, cuando desplegó argumentos ante el «genocidi de la conquesta» de 1229. «Els moros eren mallorquins, eren germans nostres, què celebram!?». Un tipo muy curioso.

Los cronistas suelen tener una sólida base de historia local. Toni Puente, además, de discípulo de Josep Ramís d’Ayreflor era considerado un gran genealogista. Durante años se dedicó en este campo a gestionar muchos títulos nobiliarios, tanto concesiones como rehabilitaciones. Conocía como nadie los entresijos de Can Amunt i Can Avall. Un abogado y gestor que conocía muchos secretos inconfesables, resolvía incógnitas pues dominaba toda la genealogía de Mallorca. Cuando Ca n’Olesa cambió de manos, se puso a la venta, aseguraba a diestro y siniestro que del gran «continente» perdido el «contenido» subastado en Londres era todavía mucho más valioso.

Un buen amigo suyo asegura que «en sentido literal y figurado...sabía latín» a la vez que «hemos aprendido mucho de él y nos hemos divertido mucho con él». «Ha sido una suerte haberlo conocido, era un hombre que disfrutaba de la vida» y parece ser que así fue hasta su último momento.

Dicen que presumía de ser un señor de pueblo cuando «solo era un señor». Entre algunos historiadores la admiración y el respeto se manifiesta fácilmente. Personaje controvertido, no todo el mundo opina igual. «Un gran amigo de sus amigos»; «un personaje con trayectoria única y muy singular, irrepetible». Señor de su huerto sí lo era, ponía las manos y gustaba de ir descalzo sobre el fango, entre hortalizas. Se alimentaba de su propia producción. Con los años delegó esa vertiente payesa. Abogado formado en Madrid, hombre de contrastes muy fascinado por los pintores mallorquines y las subastas. Contradicciones en su ser, el amor por la tierra y el mundo campesino equilibraba al letrado que a los cuarenta opositó a la plaza que había dejado su predecesor Joan Muntaner Bujosa.

Hábil para los negocios, todos coinciden con su, fuera de lo normal, memoria prodigiosa. Sabía todos los intríngulis y trapos sucios del barrio antiguo y sus familias que combinado a sus conocimientos en genealogía lo encumbraron a ser un referente muy temido. Conoció a fondo el Archivo de la Inquisición, logrando referencias y cuadrando complicados puzzles de sangre. Había heredado todo el archivo y biblioteca de su abuelo. En su bagaje destaca enormemente su absoluta falta de grafomanía. No ha dejado un solo libro publicado. Escribir, nada de nada. Los informes los dictaba a su secretaria, nunca escribió directamente. Aseguran que miraba el ordenador y se mareaba. Había conocido referentes, directamente, personas del S.XIX y se había formado con ellos. Básicamente, apasionado por la historia desde muy joven, era un brillante abogado. Ganador de muchos pleitos. «Meses antes de morir ganó el último», «este monstruo genealogista», en el caso del marquesado de Campofranco aseguran aquellos que son sus más cercanos amigos.

Una historia bien peculiar con su «senyor avi» siempre de fondo: Don Benet Pons i Fàbregues archivero e historiador, periodista y miembro del Partido Republicano Federal. Escultor, poeta y músico. Sobre todo, que también había sido cronista oficial. Una anécdota muy pintoresca ha quedado en la memoria. Resentido con un sector del catalanismo político de aquellos años, su abuelo, optó por el cambio de apellido para su hijo Santiago y del Pons pasó al Puente y del Benet Pons Fabregues hemos llegado al irrepetible Toni Puente Munar y es que las polémicas más absurdas siempre fueron lo nuestro.

Lejos de todo esto quiso «pasar totalmente desapercibido» un personaje que al entrar en la librería era capaz de recitar de memoria a Jacint Verdaguer o a Miquel dels Sants Oliver o incluso de memorizar en voz alta La minyonia d’un infant orat de Ll. Riber, sin pausas y toda entera.

Formado en los jesuitas, hombre entre lo rural y lo urbano, bastón y alguna vez sombrero. Cuentan sus amigos que el pasado seis de mayo encontrándose indispuesto bajó del pueblo y les avisó. Habló antes con ellos. Luego marchó. Centenares de secretos y de fragmentos inéditos de crónicas, nunca redactadas, van hacia el otro lado. Entretenido viaje tendrá el barquero.

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