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Jose Jaume

Desde el siglo XX | Palma peatonal, la troglodita oposición de los de siempre

La cansina cantinela se reitera: los ‘botiguers’ oponiéndose a la peatonalización de las calles de Ciutat

Cuando en la década de los 80, de no traicionar la memoria, se decidió la peatonalización de la calle Olmos la oposición del comercio de la zona fue radical: nos van a arruinar, no se ha contado con nosotros. Mucho antes, en tiempos de la oprobiosa, en aquellos consistorios en los que nada se debatía porque lo que decidía el alcalde digitado por el Gobierno del Generalísimo era ley se optó por sacar los automóviles y antes el tranvía de la calle Sindicatos, también hubo contenidos murmullos de desaprobación entre los comerciantes, los viejos botiguers, que veían en globo sus ganancias habituales. No nos remontemos tanto en el tiempo, basta con acudir a las invectivas que padeció Cort cuando estableció la prohibición del coche en Blanquerna: generaliza protesta; siempre los mismos argumentos: la ruina del comercio. Preguntemos si quieren que sus calles retornen a la situación anterior. La respuesta de estridente tono acústico será no

Estamos en las mismas: otra vez la iniciativa del actual Consistorio, ostentando la vara de primer edil José Hila, de sacar al automóvil del centro de Ciutat se topa con la enemiga de los comerciantes, agrupados en sus organizaciones, Pimeco y Afedeco, que se han lanzado a la ofensiva abierta de la descalificación a la anunciada medida aduciendo, cómo no lo iban proclamar, la ruina inevitable a la que les someterá la nueva tropelía consistorial. Además de sobresaliente miopía magna que les caracteriza, que les incapacita para atisbar la realidad a más de cuatro palmos de sus reaccionarias narices, incurren en error de consideración: empezar factible negociación con el Gobierno municipal rechazando de plano lo que no les incumbe exclusivamente a ellos, que es lo que entienden que se dilucida, sino a toda la ciudadanía de Palma, que, de concretarse la propuesta, lo que hará es situarse en posición avanzada junto a un buen puñado de capitales europeas, incluidas las más punteras: Berlín, París, Viena, Londres. Lo que los botiguers parecen anhelar es que Palma sea el Madrid de el alcalde Martínez Almeida y la presidenta Díaz Ayuso, donde, según la segunda, los fenomenales atascos diarios son sello que le dan carácter único, que la hacen ser como es. Si esa es la propuesta del PP de Palma quedamos convenientemente avisados.

El asunto de la peatonalización enlaza con el de la bicicleta y los patinetes transmutados en peligros constantes para el peatón, que debería ser privilegiado (¿tanto cuesta entenderlo, alcalde Illa y concejales del equipo de Gobierno?) al deambular por las aceras, su lugar natural o por calles peatonales. Establecer carriles bici en las aceras, como ocurre en Balmes, supone que el peatón esté a intermitente tris de ser arrollado por la bicicleta o por los patinetes, bólidos pilotados por inconscientes desaprensivos más veces de las admisibles. Peatonalizar significa dar la preferencia al peatón, como mínimo. No sucede en Palma.

Hecho el desahogo, volvamos a lo que nos ocupa: ¿saben los comerciantes que el futuro de las ciudades modernas pasa por la progresiva e imparable desaparición del automóvil? ¿Comprenden los botiguers que lo que ha sido en el siglo XX dejará deser en el XXI? Se diría que no. Anécdota carcajeante: en el primer Gobierno balear de presuntas izquierdas que también presuntamente presidió Antich, hubo vicepresidente muy pagado de sí mismo, fatuo como pocos, Pere Sampol, del PSM, partido encarnación de la Mallorca auténtica, según tenían interiorizado sus dirigentes, que después de darles a los botiguers todo lo que exigían llegó a la conclusión definitiva de que los tenía en el bolsillo, que en las siguientes elecciones iban a votarle en masa. Así se lo hizo saber a su partido. Sampol no albergaba dudas al respecto, aguardaba lleno de esperanza caudal incontenible de votos. Hasta se barruntaba instalado en el Consulado del Mar. En las elecciones los botiguers hicieron su apuesta: el PP. Su lugar natural. El Gobierno de Antich y Sampol pasó a mejor vida.

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