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No hemos vencido al virus

Los peligros del triunfalismo tras derogarse el uso obligatorio de la mascarilla en la calle

No hemos vencido al virus Juan Carlos Laviana

Hace un año, Pedro Sánchez proclamaba en el Congreso su ya famosa frase «hemos vencido al virus». Un mes después, el 16 de julio, se celebraba en el patio de armas del Palacio Real una muy pomposa ceremonia de Estado por las víctimas de la pandemia. Los reyes presidieron el homenaje que dejó una imagen espectacular. Siete enormes círculos concéntricos de sillas, ocupadas por autoridades diversas, rodeaba la llama de la memoria. No era verdad. No se había vencido al virus. A aquel panegírico no pudieron llegar las miles de víctimas que vendrían después, en sucesivas oleadas, a lo largo de un otoño, un invierno y una primavera con camas, ucis y tanatorios repletos de víctimas.

Vista desde hoy, aquella ceremonia se nos antoja precipitada. ¿Qué se conmemoraba? ¿El ecuador de la pandemia? No se puede vender la piel del oso antes de cazarlo. No se puede celebrar el final de una guerra antes de que se dispare la última bala. No se puede celebrar el final de una sublevación como la de Cataluña antes de reconocer el daño causado al menos a la mitad de la población. ¿Cuántas veces celebramos el final de ETA y aún hoy tenemos la sensación de que aquella aberración se cerró en falso?

Mañana será realidad lo que ya se viene celebrando con especial algarabía desde hace una semana. El fin de la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores. Un paso muy simbólico, es verdad, que va a cambiar la fisonomía de un país enmascarado durante dieciséis meses. Pero que de ningún modo acabará con el virus.

Es cierto que los datos son alentadores. Es cierto que el espectacular avance de la vacunación permite el optimismo. Es cierto que la población necesita un alivio, aunque sea simbólico, después de haber estado sometida a medidas excepcionales durante un tiempo tan largo que ya se nos ha olvidado cómo era el mundo sin mascarilla.

No pretendo ser aguafiestas, pero el triunfalismo es peligroso. Nos ocurre cuando tenemos una infección. Al segundo día, los antibióticos han cumplido su efecto milagroso y el dolor ha desaparecido, pero hemos de seguir tomándolos seis días más, porque si no, el efecto beneficioso se esfumará y la infección revivirá.

La pandemia no estará vencida, digan lo que digan nuestros políticos triunfalistas, hasta que todos estemos vacunados, hasta que nos inyecten la última dosis de recuerdo, hasta que hayamos doblegado la cepa india y las que vengan, hasta que el resto del mundo –no sólo el occidental- esté a salvo, porque esta es una pandemia global y mientras siga provocando  estragos en Latinoamérica o África, nadie estará a salvo. Por no hablar de las consecuencias –económicas y psicológicas- que convivirán con nosotros durante décadas.

En uno de los mejores boletines españoles sobre el coronavirus, el de elDiario.es, la periodista Belén Remacha intenta responder a la gran cuestión: ¿cuándo se puede considerar terminada una pandemia? Siguiendo la opinión de los expertos, menciona dos posibles finales. Uno, el final médico, cuando la enfermedad haya dejado de ser un problema de salud pública. Y dos, el final social, cuando los políticos y los ciudadanos pasen a tener otras prioridades.

Del final social todo indica que estamos cerca. Nuestros políticos ya parecen dar más prioridad a los indultos en Cataluña y los ciudadanos están en otros asuntos más placenteros, como se puede ver en los estadios de la Eurocopa o en los planes de  unas vacaciones que compensen las penurias pasadas. Del final médico no podremos hablar mientras no se cumpla, al menos, el objetivo de 50 casos por 100.000 habitantes y aún estamos lejos.

Entre las funciones beneficiosas de las mascarillas, está recordarnos el peligro. Pero no nos confiemos. No estamos para celebraciones. Está por ver que hayamos vencido al virus. Por cerrar el paraguas no va a dejar de llover.

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