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Matías Vallés

Al Azar | Vacunas además de restricciones

Mientras los nuevos moralistas corrigen el beso del príncipe a Blancanieves, dos conceptos tan repelentes para la esencia humana como «distancia social» o «inmunidad de rebaño» se convierten en la clave de arco de la convivencia. El éxito de la vacunación, un proceso que hoy concentra a todo el planeta, depende antes de la aceptación masiva de los fármacos involucrados que de su calidad intrínseca. La hostilidad a la inyección no será compensada por las virtudes del preparado. Y salvo para quienes predican la bondad inherente al mamífero bípedo, el impulso hacia la inmunización artificial no procede del ahincado «o matarás a tu abuela», sino del pragmático «o te quedarás sin salir de casa».

Vacunación igual a liberación. De lo contrario, el mundo tiene otro problema. Durante la primera mitad del año, se ha predicado el ejemplo de la inyección abrumadora en países como Israel, Chile o Reino Unido. Sin embargo, los orgullosos primeros de la clase admiten un retroceso en la vuelta a la normalidad, ante los repuntes o rebrotes que dos meses atrás se presumían altamente improbables. En cuanto se observa que la inyección y sus secuelas no traen aparejado un levantamiento inmediato de las barreras, cunde el desánimo que a su vez conllevará una menor protección colectiva. Véanse a tal efecto la ralentización admitida en Francia o Estados Unidos, con un retroceso de un quince por ciento en las dosis administradas respecto de la semana anterior.

Un menú de vacunas con guarnición de restricciones será difícil de digerir. Si los gobernantes mundiales no fueran especialistas en disimular la gravedad de la situación, se advertiría la magnitud de su desconcierto. Frente a quienes encadenarían a la humanidad durante años sin preocuparse por las consecuencias, los partidarios de una vacunación crítica deben apoyar la vía española, tan descuidada en apariencia. Sin la esperanza de volver al estadio, no hay vacunas que valgan.

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