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Antonio Papell

Pie a tierra tras los indultos

La cuestión catalana estaba encastillada, inmovilizada, en ese empate perverso que suele bloquear las soluciones en los disensos territoriales, que en los países avanzados deberían estar desprovistos de vehemencia porque los grandes valores ya no tienen que ver con la patria ni con el territorio sino con la democracia y con la ley. Es el patriotismo constitucional que ha obrado portentos, según el cual la fraternidad grupal, el sentimiento de pertenencia, ya no consisten en compartir el mismo paisaje, ni siquiera en hablar la misma lengua, sino en formar parte del mismo tronco de consenso, habitar bajo el mismo pacto social, guiarse por las mismas normas acordadas por la inmensa mayoría.

Pedro Sánchez, después de un largo proceso de capear el temporal heredado del procés, ha tomado la decisión de abordar el conflicto, ante la oposición de quienes fueron sus principales promotores que se horrorizan ante la expectativa de que el desentendimiento tenga solución. Sánchez ha puesto pie a tierra en Barcelona, ha elegido el centro emblemático de la sociedad civil y ha apelado a algunos de los padres de la convivencia entre Cataluña y el Estado. Xavier Vidal-Folch lo ha explicado con su sencillez habitual: se ha criticado a Sánchez reiterar el concepto de «concordia», y ¿cómo no hacerlo si la obra clave de Cambó, aquel catalanista conspicuo que fue ministro en Madrid, se titula precisamente Per la concordia? Y es patente que aquel llamado de Azaña en 1938, en pleno fragor pastoso de la guerra, «paz, piedad, perdón», tiene concomitancias con la tríada que ha manejado Sánchez en el Liceo, «respeto, diálogo, concordia».

Los enemigos del indulto van, al menos argumentalmente, de error en error: dicen que Sánchez aplica esta media extrema para consolidarse en el poder y ganar además las próximas elecciones, cuando solo un necio no vería que el jefe del Ejecutivo se la está jugando, puesto que no está en absoluto asegurado que esta audaz tentativa de concordia tenga éxito. Y además, aseguran que es absurdo indultar a quien no lo solicita ni se arrepiente de lo que le ha acarreado la condena… sin ver que si los independentistas se hubieran arrepentido de su unilateralismo ya no habría conflicto y todos estaríamos celebrando el amoroso reencuentro.

Los indultos –es ocioso decirlo pero no hay más remedio que repetirlo- son sencillamente una herramienta, un gesto rotundo de buena voluntad, que se practica precisamente porque sin él no ha habido forma del menor acercamiento y además se constata que con el tiempo se endurecen los desapegos y las detestaciones. La herramienta podrá funcionar o no, pero es seguro que sin ella el enquistamiento de la gangrena sería inevitable. De momento, el líder de ERC ya ha puesto en duda la legitimidad de la vía unilateral y ha lamentado haberse ‘olvidado’ en sus especulaciones independentistas de la mitad de catalanes que no lo es.

Ahora falta todo lo demás. Hay que abrir un territorio de diálogo en que se empiece a hablar de federalismo –Iceta, el primero que mencionó los indultos, ya lo ha hecho-, de pacto fiscal, de profunda reforma estatutaria… todo ello en un marco de lealtad constitucional. Y a lo largo del proceso hay que facilitar el regreso de los prófugos y alguna solución a las sanciones dinerarias que se han aplicado a personas de bien que se han encontrado injustamente arruinadas (el caso de Mas-Colell es una barbaridad inaceptable). Todo muy arduo, ciertamente, porque a la vista de las posiciones todavía enrabietadas, algunas fanáticamente hostiles a diálogo, otras irreductiblemente inmóviles en los extremos del abanico de posibilidades, no puede descartarse que la buena fe fracase y el proyecto incipiente ni siquiera llegue a cuajar. Pero pase lo que pase, habrá gente que podrá alardear de haber cumplido con su obligación, y otra que se ha cerrado en banda a la reconstrucción de una relación destrozada. La unidad de este país no se defiende ni con uniformes ni con togas sino con materia constitucional y con pedagogía cargada de palabras.

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