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Juan Rigo

DESDE GRECIA

Juan Rigo

La misma incertidumbre

Les dejé, hace unos meses, cuando apuntaba tímida la primavera, perdido en un oscuro laberinto de incertidumbres. Así como suena, en plural. Me pesaba, y me pasaba factura, la falta de certitud, de certeza, tras ese año extraño de interminable pandemia. Desnortado, entre la esperanza de la vacunación, la inquietud ante los posibles daños colaterales de las mismas, y la confusión ligada a la inevitable aparición de las variantes. La mundialización no es solo cosa de la economía.

Lo que no sospechaba entonces, pese a los repetidos anuncios de los medias agoreros (como cuando a fuerza de repetir lo de que llega el lobo…) es que estaba al caer un nuevo confinamiento de mes y medio – aunque en Francia nunca se utilizó el término confinar en ese tercer encierro, argucias de la comunicación gubernamental - y que en ese tiempo muerto, que afortunadamente pasé en la Somme, lejos de París, me dejé llevar por la morosidad ambiental, aparqué el ordenador y me refugié plácidamente en la lectura. Cada uno responde como puede ante situaciones adversas.

Total, que no pueden imaginar lo que me está costando volver. Volver a la normalidad, al ritmo pausado de estas crónicas, a la vida de antes, como si no hubiera pasado nada. En esas estoy, sin acabar de dar con el rumbo, como si el compas/brújula vacilara, pese a estar ya vacunado y navegando de nuevo en mi jardín griego, en el Jónico. Soy consciente de que no tengo derecho a la queja, y sin embargo no he recuperado el estado de ánimo habitual. Mi natural optimismo no acaba de remontar el vuelo y aunque no dejo de escuchar en bucle la deliciosa versión de La vie en rose de Thomas Dutronc, no por ello me lo creo. No me acabo de creer que estemos ya pasando página. Saliendo de esta. Volver, volver, volver…pero ¿a qué brazos? ¿A qué normas? Si hasta Nadal ha fallado en Roland Garros, ¿cómo podemos hablar de normalidad?

Y se partirían de risa, si vieran en qué condiciones estoy afrontando esta columna en blanco: sentado en una terraza ante el mar, a la sombra porque el sol aprieta, sin máscara, ni máscaras a la vista, aunque tampoco turistas, apurando a sorbos un «freddo», versión sofisticada del socorrido frappé. O sea, quejas cero. Punto y aparte. Doy por finalizada esta secuencia de «yoismo» para no irritar a mi querido Llop.

Les decía al principio, cuando corté unilateralmente la comunicación con el Diario, que en Francia, el gobierno intentó evitar hasta el último momento el nuevo episodio de restricciones. Es cierto que museos, cines, restaurantes, bares, etc.… - y que acaban de abrir paulatinamente hace muy poco- llevaban cerrados desde final de octubre, y el toque de queda seguía vigente, pero nos habíamos instalado en un limbo de semi-normalidad confiando en que la campaña de vacunación intensiva permitiría salir del paso. Pero ante la amenaza de las nuevas variantes y el fiasco, en aprovisionamiento y en los sorprendentes efectos secundarios de algunas esperadas vacunas, como la AstraZeneca, el tercer confinamiento fue inevitable. Luego, a partir de finales de abril, y ante el escepticismo general, la aceleración en el ritmo de vacunaciones abrió la puerta a la esperanza y las promesas de alcanzar cotas elevadas antes del verano se están cumpliendo, casi 30 millones ahora mismo. Y la perspectiva inmediata de abandonar el uso de máscaras en el exterior. Un paso más.

Mientras, aquí en Grecia, como en el verano pasado, están todos esperando a los bárbaros. Cuando pasé por Atenas hace unas semanas acababan de abrir bares y restaurantes, solo en el exterior y hasta la medianoche, pero fue como una bocanada de aire fresco. Todos aún enmascarados pero felices. Luego en las islas, con un porcentaje altísimo de vacunados, otro mundo, sonrisas francas pese a que la «saison», la temporada, está en el aire. El anuncio de Boris Johnson de retrasar el levantamiento de restricciones para viajar al extranjero ha caído como jarro de agua fría, y los italianos, que junto con los británicos suman el grueso de los turistas en esta zona del país, no acaban de llegar.

Esperanza pues, pero tremendas y sombrías dudas sobre el futuro. La variante Delta ya es mayoritaria en el Reino Unido, y la política de la mono dosis, de alargar el periodo entre pinchazos para intensificar la vacunación y alcanzar la inmunidad de rebaño está en entredicho.

Y entre tanto Bruselas sigue mareando aún la perdiz del pasaporte sanitario. Sobran comentarios y urge una revisión del modelo parlamentario de la Unión Europea. Renovarse o morir. La pandemia ha puesto otra vez en entredicho la falta precisamente de unión. Cada uno/país tira por su lado, va a lo suyo, y todos salimos perdiendo. Pero no quiero amargarles el verano, a pesar de la incertidumbre reinante la esperanza es lo último que se pierde. ¡Les deseo un buen solsticio, que buena falta nos hace!

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