El jueves atracó en la bahía de Palma el Mein Schiff2 de TUI Cruises con un millar de pasajeros a bordo. Es el primer buque de estas características que llega a Mallorca después del largo parón provocado por la pandemia de la covid-19.

La recuperación de los cruceros supone la activación de un tipo de turismo específico, pero también del debate sobre su conveniencia y la forma en que debe regularse. El tiempo de pandemia no ha sido aprovechado para resolver y ordenar esta cuestión.

La vuelta de los cruceristas ha sido saludada con satisfacción por los sectores comerciales y por las autoridades. De hecho, el buque fue recibido por el vicepresidente del Govern, Iago Negueruela, y por el presidente de la Autoridad Portuaria, Francesc Antich. Pero ayer sábado también hubo en las escalinatas de la Seu una manifestación de la Plataforma en contra de los Megacruceros para denunciar los inconvenientes que desembarcan en Mallorca los grandes buques y sus pasajeros.

De momento, los cruceros llegarán a Palma tras haber pedido autorización previa con veinte días de antelación y someter a sus pasajeros a test de antígenos, los cuales solo podrán realizar excursiones programadas sin acceso a las tiendas. El jueves, unos 200 integrantes del pasaje del buque de TUI se apuntaron a conocer Bellver y Valldemossa y los 800 restantes se fueron al aeropuerto para regresar a Alemania. En estas condiciones, constituye un tipo de turismo que, evidentemente, no deja rédito económico.

En el anverso de la cuestión se debe recordar, por otro lado, que, según estudios de la UIB y de la Cámara de Comercio, en 2019 llegaron a Mallorca 2,2 millones de turistas en cruceros, los cuales dejaron en la isla un gasto por consumo del orden de los 224 millones de euros.

Estas buenas cifras económicas tienen, sin embargo, la contrapartida del alto coste que suponen en cuanto a desgaste medioambiental y presión humana, especialmente sobre el casco histórico de Palma. Los días de coincidencia de cruceros en la bahía la movilidad en determinadas calles resulta muy dificultosa. El mar balear ya está preso del mismo efecto de los cruceros en el Mar del Norte, el Báltico o el Canal de la Mancha y Palma sufre un efecto que también está presente en otros lugares de España, Francia, Italia y Noruega. Por eso han surgido movimientos de rechazo a los cruceros que demandan medidas de corrección urgentes.

Los estudios científicos acreditan que estos grandes buques son una gran fuente de contaminación por la emisión de aerosoles procedentes de los óxidos de azufre. Su tendencia al uso de combustibles baratos no contribuye en modo alguno al equilibrio medioambiental. Tiene poco sentido que el Govern haya desplegado una normativa avanzada en cuanto al freno de la contaminación del tráfico terrestre y no se haya ocupado de la que se produce en el litoral en grandes dimensiones.

El debate ciudadano y comercial permanece abierto, pero es evidente que hace falta avanzar en una normativa restrictiva para los cruceros pensada desde el equilibrio y en su presencia escalonada. Si no se mira más allá del negocio inmediato se acabará provocando un mal superior que irá en perjuicio de todos y será irrecuperable.