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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Yo, la primera

No sé cuándo fue la última vez que estuve plenamente concentrada en lo que hacía, en ver una película o en una conversación. Sin distracciones, sin tecnología o móviles

Yo, la primera

Yo, la primera INGIMAGE

La mitad de las personas que se pasan media vida en Zoom, se pasan media vida mirándose a sí mismas. La otra mitad se dedica a hacer otras cosas, mientras mantiene una reunión. Envían correos electrónicos, rellenan hojas de cálculo o chatean en WhatsApp. Reconozco que yo misma hice lentejas y rebocé bistecs de pollo en el transcurso de un encuentro. Queremos hacer tantas cosas al mismo tiempo, que no prestamos atención plena a prácticamente nada.

James Williams dejó Google para ir a estudiar Filosofía a Oxford y, a día de hoy, con un pie en el mundo de la innovación y otro en el del pensamiento considera que su visión es más equilibrada. De entre los conceptos que maneja en sus entrevistas, que son muchos, me ha chocado su llamamiento a primar la era de la atención, por encima del de la información. Sin lo primero, no hay manera de seleccionar lo segundo. En resumen, si no somos capaces de concentrarnos, estamos vendidos. Tras leer esta declaración lapidaria, he dispersado mi concentración buscando en Google imágenes de diferentes plenos del Parlament. En todas, gran parte de los políticos están cabizbajos. Y no porque estén pensando, sino porque están mirando el móvil. Se plantean iniciativas sobre servicios sociales, recuperación económica o cómo gestionar miserias humanas y algunos juegan al Candy Crush.

Yo no juego al Candy Crush, pero sí miro el teléfono y, dependiendo del nivel de ansiedad, soy capaz de hacerlo compulsivamente. No es porque espere un mensaje que va a cambiar mi vida, sino porque es un vicio. Un tic que acompaña mi día a día. Soy una más. Una de tantas personas habituadas a mover el pulgar de lado a lado y de arriba abajo buscando la aplicación que abrir y explorar. Me lleno la boca haciendo pedagogía con mis hijos acerca del buen uso y límites de la tecnología y soy la primera que me levanto de la mesa para responder una llamada o que no pongo coto al tiempo que paso delante del ordenador. Apenas sé ver una película si no tengo el aparatejo al lado. Fisgoneo en el argumento y en la carrera de los actores, mientras la protagonista le da un vuelco a la trama de la que, por supuesto, no me entero. Determinados medios de comunicación informan, como si de un valor añadido se tratara, del tiempo de lectura que deberá invertir el usuario en un artículo. Si son más de cinco minutos, algunos lo consideran cercano a una obra de arte y ensayo y desisten. Estamos inmersos en el bucle del exceso de información e imágenes y de la dispersión que esto conlleva.

El otro día, en la sala de embarque del aeropuerto, un niño de pocos años trepó por una máquina de vending y comenzó a lamerla. Una escena de terror y de gore covid alternada con la presencia de unos padres absortos en la pantalla de un móvil. Los mismos que continuaban revisando sus pantallas, mientras aparecía el paraíso de Formentera por la ventanilla del flanco izquierdo del avión. Estuve a un tris de poner los ojos en blanco y de cuestionarles, pero quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Mi propósito para este verano: menos móvil y ordenador y más vida. Toda una revolución.

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