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Juan José Company Orell

El género de la violencia

Tengo para mí que los que niegan la existencia de eso que se ha venido en llamar violencia de género yerran gravemente porque es más que evidente que tal tipo de violencia existe y en abundancia. Quizá el quid de la cuestión, el nudo gordiano del debate no sea tanto lo de violencia sino lo de género. Si vamos al diccionario de la RAE, observaremos que el vocablo «género» tiene no menos de ocho acepciones y que la primera de ellas es la que conviene en definir su significado como «conjunto de personas o cosas que tiene características comunes». Y tenemos que llegar a la tercera de esas acepciones para encontrar la palabra sexo (‘grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar exclusivamente biológico’) al efecto de distinguir conceptualmente entre masculino y femenino.

Ciertamente nosotros los bípedos, tenidos por inteligentes, pertenecemos a un género, el humano, y desde esa perspectiva los humanos, en tanto que violentos en no pocas ocasiones, y baste para ello un somero repaso a la prensa diaria por no decir a los libros de historia, somos sujetos activos de esa violencia de género. Por tanto ninguna indicación contiene ese termino de «violencia de género» al número y clase de cromosomas que pueda contener en su organismo el perpetrador o perpetradora, por aquello del lenguaje inclusivo, de tal ejercida violencia, tan solo es preciso la voluntad de ejercerla, el querer ser violento.

La capacidad de violentar, en toda su extensa y variopinta variedad, convendrán conmigo, es innata al género humano, único escalón entre los mamíferos que tiene la capacidad de actuar contra sus semejantes y otros géneros de manera no solo violenta sino además cruel, uso de la crueldad que curiosamente la Real Academia de la Lengua describe como inhumana. Es por ello que la violencia y su excrecencia humana la crueldad, no conoce de edades, de condiciones de adscripción política, de relación a un grupo social, de circunstancias personales o de pertenencia a un determinado género, en cuanto al significado de la acepción tercera del diccionario ya referida. Se me ocurre que la única diferencia entre la violencia y su ejercicio más extremo, la crueldad, es la posible inmediatez, el hecho sobrevenido, impensado de la primera y la certeza de la existencia de la voluntad preexistente y la preparación de los actos que luego se ejecutarán de la segunda.

Desgraciadamente ejemplos de crueldad que llevarnos a los ojos no escasean en nuestro tiempo y en nuestro derredor. Estos días hemos asistido al drama de Olivia, Anna y Beatriz, pero también de sus destrozados familiares, de manera casi directa, y que quieren que les diga no termino de ver con buenos ojos ese despliegue de detalles mediáticos, porque me pongo, intento ponerme, en el lugar de la madre y los abuelos de las niñas y me asalta la duda de si toda esa exposición del drama les aporta consuelo o bálsamo a las heridas que la despiadada actuación del asesino ha dejado sin posibilidad de curación, o por el contrario les causa mayor pesar, pues siempre he considerado que el dolor personal es algo intimo que no gusta de publicidades. Al igual que tampoco llego a conclusiones claras si ese uso mediático de la desdicha de las niñas, que nunca tendrán futuro, en medios de comunicación sirven a la sociedad o se sirve de ello la morbosidad que a algunos les provocan esas tragedias. Y no tengo respuesta.

Al hilo de lo anterior, existe coincidencia en el tiempo entre dos hechos igualmente luctuosos, el asesinato cruel, preparado, frío y con la más que evidente intención de causar pesar y sufrimiento, de por vida, al otro creador de esas vidas segadas en su más tierna infancia, ocurrido en Tenerife y otro asesinato, no menos cruel, no menos preparado, de igual frialdad y con idéntica intención, en éste caso confesada, de infligir daño al otro progenitor, sucedido en la localidad de Sant Joan Despi.

Y ello me plantea otras dudas que planteo en forma de pregunta:

¿Cuál es el motivo de la sumamente distinta atención de medios de comunicación, tertulianos y tutti quanti entre el uno y el otro? ¿Tiene menos valor la vida de una niña de cuatro años asesinada por su madre que la de las dos niñas, de uno y seis años, igualmente asesinadas por su padre? ¿Es igual violencia de género la perpetrada en Cataluña sobre una niña que la cometida en Canarias sobre otras dos niñas? ¿Son más «entendibles» los motivos de la asesina de Barcelona que los del doble asesino de Tenerife? ¿Nos causa menos dolor una muerte que las otras? ¿Es menos merecedor de empatía el sufrimiento del padre de Yaiza, cuyo nombre no conocemos, que el de Beatriz, la madre de Anna y Olivia?

Son preguntas que debiéramos, como seres racionales que dicen que somos, responder y contestarnos a nosotros mismos.

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