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Juan José Company Orell

Actúa como piensas

Es bien sabido que lo de acogerse a los derechos que uno considera eminentes o por mejor decir convenientes, ello sin la más mínima consideración a los derechos del resto de las gentes, no solo corre sino que galopa en todos los ámbitos de nuestra sociedad; en nuestro entorno en todo momento podemos observar, y hasta observarnos, los despliegues de enconada defensa de los que algunos consideran derechos que prevalecen sobre otros, en interminables debates que cada vez se parecen más a las tertulias futboleras de los lunes, en los cuales no importa el hecho en sí sino más bien qué camiseta lleva el pelotero que se lleva por delante el derecho del contrario a conducir el balón de la forma en que el dios del fútbol aconseja.

Estarán Ustedes de acuerdo conmigo que lo malo de eso de los derechos de los ciudadanos es que o se predican de todos los individuos o no valen para nada; yo no tengo un derecho de paso en exclusiva cuando estoy en la bocacalle de la derecha, y eso en el caso de que no haya señal en contrario, por tanto si quiero que me respeten mi derecho de paso circulatorio debo hacer no menos con los demás que también lo tienen; sencillo, ¿verdad?, pues no parece porque aquí se sigue con aquello tan británico, tan colonialista por otra parte, de Dios y mi Derecho.

Quizá ese comportamiento devenga de esa ‘follia’, de esa especie de locura, que suele ser tan humana que consiste en decir una cosa pero actuar diferente, siempre dependiendo de las circunstancias de tiempo, lugar, pero sobre todo de personas; es esperable que después de leer lo anterior su mente les haya dibujado la imagen del político de su disgusto, pero ¡ca!, eso sería escudarnos en la culpa de los otros; aquí palmamos todos por igual. El alejamiento de la verdad, bien por acción bien por omisión, es característica casi inveterada de la denominada clase política, porque el político que dice siempre la verdad, que nada oculta y que manifiesta en todo momento lo que realmente piensa, pronto deja de serlo; pero no sería adecuado acudir al consuelo siempre fácil de imputar a los demás nuestras propias culpas; y ya no es cuestión de honradez, es cosa de la coherencia, esa rara habilidad de conducirse en la forma en que uno se pronuncia, ahí es nada.

Les pondré un ejemplo personal. Servidor de Ustedes, exalumno de un colegio religioso, como casi todo el mundo de mi quinta, al igual que el resto de mis compañeros debía acudir los viernes por la tarde a las charlas morales del Padre Superior y director del colegio, conferencias que solían girar de ordinario alrededor de aquello de no debíamos «tocarnos» demasiado, ya saben; a lo que solía ayudar alguna historia de algún santo o santa que había conseguido vencer la tentación de la carne; aquellas enseñanzas se diluyeron como un helado de almendra sobre el asfalto de agosto el día que nos enteramos que quien predicaba castidad se había largado con la cocinera del colegio, aún cuando nunca supimos con exactitud cuál fue la carne a la que sucumbió el espíritu del predicador, si la cocinada o la que adornaba a la chef colegial. Y es por ello, por ventura por aquella experiencia infantil, que suelo tener un nada despreciable respeto por todo aquel que actúa o se conduce en la vida tal como se manifiesta ante los demás.

Y vuelvo al principio de estas líneas; defiendo el derecho de algunos a pronunciarse en cuanto al derecho a la vivienda, que comparto, mediante la ocupación de la propiedad de otro, formula de la cual discrepo; por cierto que es curioso que ninguno de los que suelen acudir a las estruendosas manifestaciones contra algún desahucio nunca se lleven a los desahuciados a sus casas; estoy de acuerdo en que el sistema de proveer de techo a todos sus ciudadanos; defiendo incluso el derecho de aquellos que se pronuncian contra la propiedad privada; pero entonces exijo la debida coherencia en los que así se pronuncian, quien discute, pone en duda o incluso niega el derecho de propiedad de otros no puede pretender que se respete el suyo propio. A lo mejor sería suficiente para acabar con el fenómeno de tirar la puerta de una vivienda ajena con publicar en el tablón del pueblo una lista de los que así opinan y/o así actúan para que todos sepamos que esas personas nada dirán si alguien les ‘okupa’ su casa, su coche, su bicicleta o su móvil; por lo menos esos es lo esperable de su coherencia, si es que la tienen, por cuanto si protestaran por el hecho de que algún otro paisano les ‘okupa’ algo propio asomaría en su comportamiento tan solo su hipocresía. Y lo mismo puede predicarse de quienes plasman sus grafitis pero solo sobre paredes ajenas, nunca las propias; de los que pregonan su derecho a que se respete su particular unidad territorial pero no tienen en mismo respeto por ese mismo derecho en cuanto a otras unidades estatales, y de los de un largo listado de otras iguales actitudes de engaño social.

Hace ya más de dos mil quinientos años que Confuccio ya nos aconsejó no querer para los demás los que no deseamos para nosotros mismos. Pues eso.

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