Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Eduardo Jordà

Soy Nadie

Esta semana le han dado el premio Princesa de Asturias de las Letras a Emmanuel Carrère, y aunque Carrère es un escritor irregular que tiene una obra llena de altibajos -como casi todos los autores, por otra parte-, hay un libro suyo por el que merece ser considerado uno de los grandes autores de nuestra época. Ese libro es El adversario (2000), un libro que lleva la etiqueta de novela pero que no es en realidad una novela sino un apasionante reportaje periodístico sobre la figura de un asesino real, Jean-Claude Romand, y que Carrère pudo escribir porque cubrió el juicio de Romand como enviado especial de la revista Le Nouvel Observateur. En realidad, El adversario es un reportaje, sólo que un reportaje narrado con las técnicas de una buena novela. La narración zigzaguea, el autor se involucra en la narración y luego desaparece, y la acción se nos va presentando en una especie de mosaico formado por piezas muy diversas que al final logran reconstruir la vida -si es que puede llamarse vida- de Jean-Claude Romand, un supuesto médico y alto funcionario de la OMS que no era médico ni alto funcionario y que fundó toda su vida adulta en una prodigiosa cadena de engaños y estafas que nadie logró detectar hasta que ya era demasiado tarde.

Jean-Claude Romand logró hacerse pasar durante quince años por un médico prestigioso que participaba en congresos internacionales y cuya opinión como experto era una de las más valoradas por la comunidad científica de medio mundo. En realidad, Romand no había terminado ni un solo curso de la carrera de Medicina y se había pasado la vida mintiendo a su familia y a sus amigos y haciéndoles creer que era lo que nunca llegó a ser. No tenía títulos universitarios ni trabajo de ninguna clase. En vez de ir a trabajar a la sede de la OMS en Ginebra, Romand se pasaba la vida vagando por párkings vacíos de autopista, por solitarias cafeterías de carretera y perdiéndose por pistas forestales. No veía a nadie, no quería ver a nadie, no podía ver a nadie. Y para obtener el dinero que le permitía llevar un tren de vida digno de un buen burgués, Romand se dedicaba a montar estafas piramidales ofreciendo un 18% de interés a sus inversores, por lo general familiares próximos, que confiaban en él porque Romand era el prototipo del hombre recto, bueno y gris, sobre todo gris.

El problema llegó cuando se le agotó el dinero de su cadena interminable de estafas. Primero, su mujer se enteró de que Romand debía varias mensualidades del colegio de sus hijos y de que no había pagado la hipoteca de su casa. Algunas personas que le habían confiado el dinero se lo reclamaron. El banco empezó a ponerlo en apuros exigiéndole que devolviera un elevado crédito (un crédito que le concedieron por su prestigio profesional, un prestigio que nadie se había tomado la molestia de comprobar). Y ese día, algo ocurrió en la mente de Romand. Incapaz de enfrentarse a las consecuencias de ser descubierto, Romand mató a su mujer y a sus dos hijos. Luego mató a sus padres usando una carabina. También mató al perro de la familia, un perro al que adoraba (y que quizá era la única criatura en la tierra por la que había sentido alguna clase de afecto). Después, Romand intentó quemar su casa y suicidarse. No logró ninguna de las dos cosas. En 1996 fue condenado a cadena perpetua, pero hace dos años fue puesto en libertad tras haber cumplido 22 años de condena. Lo último que se sabe de él es que había ingresado en un monasterio.

Con la vida de Romand -o más bien con la No-Vida de Romand-, Carrère ha narrado la epopeya de nuestra época, una época obsesionada por la identidad porque todo o casi todo es mentira y nada es real y nadie es quien dice ser. Romand no era nadie, salvo una mentira ininterrumpida que duró quince años y que quizá podría haber durado toda su vida si las circunstancias le hubieran sido propicias. Científico prestigioso, ejemplar padre de familia, ciudadano respetable, ni él mismo estaba ya en condiciones de reconocer que se pasaba la vida vagando en solitario por las pistas forestales o con el coche aparcado en una gélida isleta de autopista. Ni siquiera él sabía qué era real y qué era mentira en su vida. Ni siquiera él sabía si lo que acababa de hacer -cinco minutos o cinco horas antes- era verdad o era un delirio o era un falso recuerdo o una diabólica ensoñación.

En la Odisea, cuando el Cíclope le preguntaba al recién llegado Ulises quién era, éste le contestaba que no era nadie.

-Cíclope, ¿me preguntas mi ilustre nombre? Pues voy a decírtelo. Mi nombre es Nadie. Nadie me llaman siempre mi madre, mi padre y todos mis camaradas.

Romand tampoco era nadie. O mejor dicho, Romand era Nadie. Su identidad era no tenerla, carecer por completo de recuerdos, obrar como si fuera alguien que jamás había sido. Si esta época nuestra merece un héroe, un Ulises, un mito, símbolo incuestionable, aquí lo tenemos: Jean-Claude Romand. Nadie.

Compartir el artículo

stats