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Daniel Capó

LAS CUENTAS DE LA VIDA

Daniel Capó

El decrecimiento

Europa lleva décadas decreciendo. Al incremento de la pobreza se suma ahora el del malestar

El decrecimiento

El decrecimiento

Hace unos años empezó a ponerse de moda el decrecimiento. Se argumentaba que no se podía seguir creciendo por el carácter depredador del capitalismo. El Club de Roma llevaba décadas alertando acerca del destino final de nuestro planeta si los gobiernos no lograban corregir la ruta del desarrollo hacia un modelo más abstracto, por un lado, y más austero, por el otro. Menos energías fósiles y más productos de proximidad, diríamos. Era –y es– una iniciativa muy loable, que choca con las dificultades inherentes al racionalismo: nada resulta tan fácil de aplicar como nos lo hace ver la razón. Por ejemplo, sería fácil creer que, imponiendo un recorte del diez por ciento, nuestra calidad de vida mejoraría de forma tangible. Un diez por ciento menos en los márgenes empresariales; un diez por ciento menos de turistas, de coches, de construcción, de consumo eléctrico, de vuelos; también un diez por ciento de recorte en los salarios y en el precio de los productos. Si el problema es el desarrollismo –entendido como el gran salto adelante que se dio a partir de la posguerra europea–, actuemos limitándolo de un modo racional: de arriba abajo, impulsando un crecimiento equilibrado, más lento y sostenible.

De hecho no se trata de una mera teoría, pues es el camino que ha seguido la Unión. Un reciente reportaje en The Economist apuntaba en esta dirección señalando el declive relativo de las grandes corporaciones continentales en los últimos veinte años. En 2000, cuarenta y una de las mayores empresas cotizadas en el mundo tenían su sede en la Unión. Hoy apenas suman quince. No han surgido más gigantes tecnológicos al estilo de Google, Facebook o Amazon en Estados Unidos; o de Alibaba y Tencent en China (la alemana SAP constituye la principal excepción). La gran banca europea quedó seriamente tocada tras el crash del 2008 y buena parte de nuestra industria actual pertenece a sectores de escaso crecimiento como las eléctricas, las energéticas o los servicios. En su obsesión por encauzar la construcción económica de Europa, los gobiernos se han empeñado en participar en el accionariado de las grandes corporaciones y en dirigir su funcionamiento. Se diría que sin grandes resultados.

Si hay algún ejemplo mundial de decrecimiento es, por tanto, el de la Unión Europea. Y las consecuencias de todo ello se miden en la disminución de la renta per cápita, pero también en unas tasas preocupantes de desempleo, en la ruptura de la escalera social, en el malestar político y en la desconexión entre la ciudadanía y su clase dirigente. Una geografía despoblada se superpone a unas pocas ciudades de éxito que acumulan ingentes cantidades de capital y que expulsan de su centro a los trabajadores y a las clases medias. Una creciente fiscalidad busca preservar un Estado del bienestar que no resulta ya sostenible ni siquiera con la ayuda de un endeudamiento que supera en muchos países el cien por cien del producto interior bruto. El decrecimiento, en definitiva, no parece a día de hoy una alternativa viable. Es la riqueza y la competitividad de las naciones lo que permite afrontar mejor los desafíos, incluidos aquellos que –como los medioambientales– tienen su origen en el propio desarrollismo. Decrecer no es una opción; sí crecer de un modo distinto, más inteligente. Y para ello la inversión en enseñanza y en I+D es clave, como lo es la libertad frente al dirigismo.

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