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Antonio Papell

Junqueras recoge el guante del Gobierno

El líder de ERC, Oriol Junqueras.

El líder de ERC, Oriol Junqueras.

Quienes vimos con lógica inquietud el planteamiento de unos indultos gubernamentales a los condenados por el ‘procés’ mientras los partidos soberanistas desdeñaban obstinadamente la oferta de las medidas de gracia y exigían la amnistía, mantenían su apuesta por la «vía unilateral» y aseguraban provocativamente que «lo volverían a hacer», tuvimos ayer la constatación de que algo se había movido en Cataluña, y en la dirección adecuada. Junqueras publicó un importante artículo en que rectificaba claramente su posición. Un cambio que daba sentido a las decisiones de buena voluntad del gobierno de Pedro Sánchez que, además de los indultos, incluyen la reforma del Código Penal para reducir la sanción que acarrea el delito de sedición, y que a muchos juristas, a la opinión jurídica europea y a muchas personas de buena voluntad se nos antoja francamente desproporcionada.

Como es conocido, hay tres formaciones soberanistas con representación en el Parlament catalán. ERC, histórico partido republicano de izquierdas, ha sido el que más votos y escaños ha conseguido en las pasadas elecciones del 14 de febrero; a continuación y a escasa distancia, JxCat es la sucesión de Convergencia Democrática de Catalunya (CDC), el partido de Pujol, de derecha nacionalista con algunos rasgos étnicos; finalmente, la CUP es independentista de extrema izquierda y —para entendernos— no pretende una Cataluña independiente en la UE sino una especie de Albania predemocrática. En este panorama complejo, quien ha dado el paso al frente para hacer posible el diálogo con el gobierno del Estado, ha sido Esquerra Republicana. Este partido, por un parte, ha aceptado los indultos como un elemento apaciguador que facilitará la consecución de acuerdos (hasta anteayer, tan sólo eran vistos como una medida de alivio de sufrimientos personales, sin sentido político alguno). La novedad es, pues, que Junqueras reconoce en su carta que «hay gestos que pueden aliviar el conflicto, paliar el dolor de la represión y el sufrimiento de la sociedad catalana». En este sentido, Junqueras admite además que «cualquier gesto en la línea de desjudicialización del conflicto ayuda a poder recorrer este camino».

Por otra parte, ERC ha descartado la «vía unilateral», es decir, la independencia arrancada al Estado mediante una declaración unilateral y no pactada, lo que evidentemente obligaría al Estado a utilizar medidas de fuerza para reprimir la secesión. Conviene recordar que ninguna gran democracia del mundo incluye en su Constitución el derecho a la autodeterminación.

Por último, Junqueras ha reconocido errores de la parte independentista en relación al referéndum del 1-O y del otoño del 2017. «Debemos ser conscientes de que nuestra respuesta tampoco fue entendida como plenamente legítima por parte de la sociedad, también de la catalana». Es la primera vez que, desde el desencadenamiento del conflicto a raíz del fracaso de la reforma del Estatuto catalán de 2006, un líder independentista reconoce que hay que tener en cuenta la diversidad de Cataluña y la existencia de un sector del electorado de aproximadamente el 50% que no desea la independencia.

Este cambio de actitud no le saldrá gratis a Junqueras, que claramente se ha desmarcado de sus socios de JxCat y la CUP, que ayer ya dejaron claro su desacuerdo. Pero las expectativas creadas son tan relevantes que las minorías que apoyan a Aragonés al frente de la Generalitat no se atreverán a plantear oposición frontal a tanta generosidad. También el Partido Popular queda descolocado, ya que, en vísperas de su gran protesta junto a VOX contra los indultos, se percata de que la negociación se hace verosímil, sin que pueda entenderse la oposición frontal a la misma.

Sería ingenuo y peligroso llevar la euforia más allá de lo razonable ya que Junqueras sigue siendo independentista y reclama una solución a la escocesa, es decir, la celebración de un referéndum de autodeterminación previamente pactado por la comunidad autónoma y el Estado. Y es patente que el Estado español no cederá a un modelo que sólo puede concebirse en el peculiar régimen británico. Pero mientras llega este inconveniente, los ánimos se habrán templado, las posiciones se habrán dulcificado y la rabia se habrá convertido en sutileza. Dejemos, pues, que avance sin malos presagios el frente del sentido común.

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