Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

jorge fauro

‘Friends’ no envejece, somos nosotros

Para la generación que creció con la serie, los años han caído sin misericordia de un día para otro. Burlarnos del aspecto actual de sus protagonistas y que nos vacunen por ser «mayores», todo en la misma semana

Imagen de la reunión de 'Friends'

Imagen de la reunión de 'Friends'

El reencuentro de los protagonistas de Friends, que acaba de estrenarse en una de las plataformas de streaming, está cosechando un éxito notable entre los telespectadores españoles porque combina dos de nuestras aficiones preferidas: la nostalgia y rajar. De ellas (bótox, cirugía, delgadez extrema); de ellos (gordo, canoso, dentadura postiza, piel caída).

Para no perder esa vieja costumbre tan patria de -por más que Friends forme parte de nuestras vidas- despotricar sobre famosos que ganaban un millón de dólares por episodio hace 25 años, la emisión del programa (tengan los pañuelos a mano si lo ven) ha colocado a muchos de nosotros delante del espejo, básicamente, a quienes ahora llaman boomers, el palabro importado con que se conoce en términos demográficos y de consumo a los nacidos entre 1949 y 1968, aunque puede incluir también a la llamada Generación X (de 1965 a 1981), que precede a los milenials o Generación Y (1981 a 1999) y a la Generación Z (2000 a 2010).

Por fortuna se acabó el abecedario, aunque se han sacado de la manga otro anglicismo para los nacidos antes de 1948, la silent generation, los niños de la guerra, que imagino que no han estado nunca por engancharse a Friends ni por tonterías como bautizar con una letra a sus hijos, nietos y biznietos.

Los boomers, entre quienes se encuentra el autor de estas líneas, representan también a esa parte de la raza humana que se cree más lista que nadie porque fue a la Universidad y vive mejor que sus padres, pero también mejor que sus hijos; esa porción de la humanidad que leyó a Kafka de adolescente, escuchó a King Crimson en vinilo, se cardó el pelo en la Movida y ha vivido el tiempo justo para compaginar el papel y el teléfono móvil, dos extremos que confieren a los surgidos del «baby boom» una impostada autoridad moral por el solo hecho de haber visto cine en blanco y negro y madurar en paralelo con los protagonistas de Friends.

Desde que acabó la serie en 2004, muchos nos hemos dado el gusto de revisionarla o de acabar algún capítulo cazado al azar en la TDT, uno de esos ejercicios de melancolía que tanto nos gustan (el otro, como dije, es rajar). La historia de amor de Ross y Rachel, que deseábamos que fuera la nuestra; el humor de frenopático de Phoebe, que de vez en cuando nos daba por practicar; las manías obsesivo-compulsivas de Monica, que todos hemos sufrido alguna vez o conocido a alguien que las padezca; el playboy de buen corazón en el que todos queríamos vernos reflejados con Joey; el chiste inteligente y mordaz de Chandler, con el que desearíamos haber ganado cualquier discusión en el momento de tenerla y no varias horas después en la soledad de nuestra casa, cuando ya era tarde. Les llamábamos por sus nombres artísticos y no por los reales porque, en realidad, eran eso: amigos, colegas.

Todo esto nos ha ido acompañando en el tiempo en una especie de síndrome de Peter Pan, a través del cual nosotros cumplíamos años y ellos no, al igual que esos profesores que van peinando canas a medida que dan clase un curso tras otro a adolescentes de la Generación Z. Tampoco nos importaba porque ninguno de los seis friends había hecho una brillantísima carrera de estrella y les veíamos por separado. Nos tranquilizaba en cierto modo su fracaso porque no queríamos dejar de pensar en ellos como un pack indivisible, como los chicos y chicas de Friends, juntos en su apartamento del Village, o dentro de la serie o nada. Después de todo, la calidad de las películas de Jennifer Aniston era más bien discutible, siempre haciendo de Rachel pero con otro nombre. Friends, en suma, era el «lugar» donde queríamos estar.

Todo ello hasta que HBO volvió a juntarlos a todos en el mismo plató donde se rodó la serie y nuestros amigos dejaron de ser Monica y Joey para «convertirse» en Courtney Cox y Matt le Blanc. Y aquella no era Monica, sino alguien que un día fue Monica. De repente, nos topamos con un señor con el pelo tintado al que parecía que se le hubieran subido los huevos a los carrillos, y vimos que Ross ya no era Ross, sino David Schiwmmer; y que un señor tristón y serio con implantes dentales de estreno no soltaba un solo chiste. Allí no había ni rastro de Chandler, solo de un tal Mathew Perry. Y junto a él, orondo y sonriente, un tipo de pelo blanco que se había comido a Joey. De la nostalgia pasamos a rajar y al deseo de volver a ver la serie desde el principio, aunque ya no era lo mismo porque el síndrome de Peter Pan comenzaba a hacer efecto. Nuestros amigos se habían convertido en… oh, vaya, nosotros.

Esa misma semana, parte de la generación del baby boom recibimos un sms con día y hora para recibir la vacuna del covid. Éramos mayores. Y fue en ese momento, después de haber puesto a caldo la dentadura imposible de Mathew Perry, cuando los años se nos cayeron encima y comprobamos que Friends no había envejecido en absoluto. Puede que sí Lisa Kudrow, pero no Phoebe; acaso Jennifer Aniston, pero no Rachel. Nosotros, no ellos. Entonces deseamos que aquel programa de reencuentro de la serie de nuestras vidas se hubiera hecho con Los Simpson. Por ellos nunca pasa el tiempo, Lisa y Bart están igual. Incluso Maggie. Porque, verdaderamente, nunca fuimos Joey. Más bien, parece que toda la vida hayamos sido Homer y Marge.

Compartir el artículo

stats