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Mi padre tuvo siempre una idea de la familia Cela en términos de clan. Lo atestigua una fotografía de finales de la década de los 70 del siglo pasado en la que aparece él andando de frente, en fila, —como si se tratase de una película del oeste— rodeado de sus hermanos. De los varones sólo, Juan Carlos, Rafael, José Luis y Jorge, por orden cronológico, porque en aquellos tiempos era impensable que sus hermanas, Maruxa y Ana, formasen parte de la banda.

Hoy, para desesperación de dinosaurios, algunos de los clanes más importantes del mundo de las finanzas o de la política, los dos de mayor relevancia, tienen mujeres al frente. Entonces era otra cosa aunque, quizá para abundar en el concepto de solidez de la familia, a los hermanos Cela Trulock se les añadía, en un extremo de la fila, otra persona: yo. Como miembro mayor de la generación siguiente, se ve que daba cierta relevancia a la idea de la continuidad. Y mi presencia tenía sentido porque al fin y al cabo mediaban menos años entre Jorge, el menor de los hermanos, y yo que entre él y el de más edad, Camilo José.

La idea del clan Cela fue esfumándose poco a poco pero acaba de perder todo su significado con la muerte de mi tío Jorge. El único de la familia que se sumaba a mi padre en el oficio: frente a los ingenieros y los ferroviarios, que ganaban por mucho, Camilo José y Jorge fueron escritores de un mérito que a mí me parece más que notable. Con la particularidad de que el estilo literario de Jorge se encontraba en las antípodas del de su hermano mayor; era mucho más intimista y cotidiano —un poco en la línea del nouveau roman francés—, cosa que convertía casi en inevitable que la novela que más le gustase a mi tío entre todas las de mi padre fuera Mrs. Caldwell habla con su hijo.

CJC, que era como mi padre se llamaba a sí mismo en sus libros de viaje, llevó el proyecto del clan Cela a su cúspide con la fundación de la editorial Alfaguara, en la que Juan Carlos ejercía de director gerente, Jorge de director literario y el propio CJC de una especie de dios en las alturas. El éxito de Alfaguara duró casi lo mismo que la venta masiva de libros de CJC al estilo del Diccionario secreto. Luego vino el declive, la venta de la empresa por parte del mecenas que había puesto los cuartos, el magnate inmobiliario Jesús Huarte, y la casi inmediata transformación de Alfaguara en otra cosa.

Tanto CJC como Jorge siguieron escribiendo y publicando sus libros, como quien dice hasta el final. La última novela de mi padre, Madera de boj, apareció tres años antes de su muerte. El último libro de mi tío Jorge, El transporte de cuadros, publicado por mi primo Eduardo Riestra en sus Ediciones del Viento, es de 2016. Un quinquenio antes de que, en este mes de junio infausto, el último miembro del clan se haya esfumado.

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