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Jonathan Pérez

La inauténtica felicidad

Una sonrisa Vitaldent. Unos dientes muy grandes y de color blanco papel higiénico. Un anuncio: los expertos aseguran que las personas con dientes blancos son más dichosas. La fórmula de la felicidad dentro de una botella de Coca-Cola. En el anuncio hay más burbujas que en tu bebida. Y el tema salta a las conversaciones del día a día. La auténtica felicidad es… ¿Pero tú eres feliz? Lo importante es ser feliz.

Y otro anuncio: una mujer con canas y pocas arrugas inspira con los ojos cerrados. Relájate para ser feliz en el mundo del movimiento perpetuo. Una variante del yoga y la primera clase es gratis. El maestro habla de dimensiones profundas, filosofías de vida, cambios y más cambios. Antes de entrar, en el vestuario, ha tomado un ansiolítico. Te pide que llenes tus pulmones. Sus hombros empiezan a relajarse y sonríe. Las benzodiacepinas han surtido efecto. Ommmmm. Sales y vas al gimnasio. Corres en la cinta. 45 minutos de sudoraciones para producir serotonina. Bien. Estás aquí para ser feliz y esa hormona es cooperadora necesaria. Por la noche, le vuelves a hacer la misma pregunta: Espejito, espejito… pero cambias la belleza por la felicidad. ¿Quién es el más feliz? ¿Hay alguien feliz?

No sabes cuándo te hiciste esa pregunta por primera vez. El interrogante capcioso se convirtió en un yugo. Vas a la oficina. Ocho horas de trabajo intenso y neuronas abrasadas. En el metro, estás a punto de dormirte. Disminuye la fiebre de sentir. Agotado y feliz, supones. Desayunas y vuelves al cubículo. Gimnasio y yoga en la tarde libre de un viernes. Tus amigos están orgullosamente ocupados. El trabajo dignifica. El móvil te recuerda que hace dos años estabas de fiesta en otro país. ¿Tu felicidad es un recuerdo? La memoria tritura las imperfecciones y bloquea el acceso a la realidad tal y como fue. Es de noche y vuelves a preguntarle: Espejito, espejito… La insatisfacción está servida.

Fin de semana. Lees a los estoicos. Uno de ellos, estoico moderno, habla de la true happiness. Palabras pronunciadas con voz grave y pausada. Qué fácil. Sí, qué simple e inútil. Y piensas que la felicidad es una palabra pegajosa, recubierta de azúcar glas. Algo artificioso, un trampantojo al que ya has prestado demasiada atención. La imaginas escrita y la ves con letras azules, frías, muertas: f e l i c i d a d. Y ahora en tres dimensiones, con letras de un plástico que imita a la madera. Un material aparentemente sólido. Toc, toc. Suena a hueco. Por costumbre, buscas la respuesta en el sitio equivocado: Espejito, espejito… No contesta. Sí, definitivamente la felicidad es un recuerdo. Si algo ha de ser.

2010: volvías a casa y tu padre conducía. Era viernes y solo se escuchaba la radio de fondo. El locutor dijo que Hannah Montana había actuado la noche anterior en Rock in Río. Los niños fueron a verla, pero no se encontraron con el personaje de Disney. La cantante se quitó el disfraz de Hannah y vistió el de Miley. Y tú, con 13 años, acababas de asistir a tu bautizo como adolescente. En silencio y sin ninguna solemnidad. Pues vaya. El trayecto duró menos de media hora. ¿25 minutos de felicidad? No, algo más que eso.

Y ahora 2021: un anciano pasea por tu pueblo. Un pastor jubilado con horarios inalterables y con la misma falta de preocupaciones. Una casa, poca hacienda y memoria ninguna, como en las palabras del poeta. Has hablado con él dos o tres veces. Sabes su nombre y que es un buen pescador. De joven, le gustaba subirse a las tablas e ir con un grupo de teatro a los pueblos vecinos. Ese día, va a jugar a las cartas al bar. Café solo. Gana la partida y sube en bici hasta su casa. Un infarto y se acabó. Se te ocurre un epitafio: «No supo si fue feliz. Ocupó su vida en vivir».

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