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Eduardo Jordà

Un secuestro

Esta semana ha ocurrido un hecho muy extraño, o que al menos debería parecernos muy extraño. Un avión de Ryanair hacía el trayecto Atenas-Vilnius, en Lituania, es decir, entre dos lugares pertenecientes a la Unión Europea. Cuando faltaba poco para llegar a Vilnius, el avión fue desviado a Minsk, en Bielorrusia, con la excusa de que había una bomba a bordo. Por lo que sabemos, al menos un caza bielorruso escoltó al avión comercial hasta el aeropuerto de Minsk. Y por lo que sabemos, varios agentes de la seguridad bielorrusa viajaban en el avión camuflados como pasajeros. Al llegar a Minsk, la policía se llevó detenidos a dos pasajeros: el periodista opositor Roman Protasevich y su pareja, Sofia Sapega. ¿Dónde están ahora? No está muy claro. Detenidos, probablemente. Bielorrusia es una dictadura en la que el dictador -un tal Lukashenko- garantiza a sus ciudadanos, o más bien súbditos, una vida tranquila a base de subsidios, trabajo garantizado y un alquiler limitado. Pero a cambio, el dictador exige obediencia absoluta y sumisión absoluta. Y quien desobedezca -como el opositor Roman Protasevich- será perseguido y encarcelado (o cosas mucho peores). Una versión actualizada del sistema soviético, para entendernos. Por cierto, algunos de los entusiastas defensores del 15-M, como el movimiento Democracia Real Ya, ponían a Lukashenko como ejemplo de político preocupado por el bienestar de sus ciudadanos.

La respuesta de la Unión Europea ha sido muy tímida. Y también lo ha sido la respuesta de la aerolínea Ryanair. Que dos pasajeros que volaban entre dos destinos situados dentro de la Unión Europea hayan sido secuestrados por una potencia extranjera es un hecho tan insólito, tan preocupante, que debería haber causado una reacción inmediata. Pero no ha sido así. Tímidas protestas, cierre del espacio aéreo, una que otra -muy leve- amenaza: eso ha sido todo. Y a estas horas, el dictador debe estar muy feliz. Se ha salido con la suya y lanzado un mensaje clarísimo a su pueblo, que hasta hace poco se manifestaba en la calle pidiendo su dimisión: «Quien se oponga a mí, ya sabe a lo que se expone. Y por supuesto que me paso por el arto de triunfo las leyes internacionales y todos los protocolos de seguridad que hagan falta. Aquí mando yo». Como es natural, Lukashenko no teme a los jueces de su país, a los que probablemente ha nombrado él mismo (o la manipulado su elección) para que no le puedan dar problemas de ninguna clase.

Por eso mismo resulta tan preocupante la alegría con que muchos políticos de izquierdas reclaman en nuestro país una política que esté libre del control judicial. «Empieza el tiempo de la política y acaba el de los jueces», ha dicho esta semana el diputado de los «Comuns» Jaume Asens, sin saber -no parece hombre de muchas luces- que está defendiendo los argumentos de los dictadores como Lukashenko que se permiten secuestrar aviones y secuestrar pasajeros. Me apuesto lo que quieran a que Lukashenko, en sus mítines, se burla del control judicial y asegura que en su país se ha acabado el tiempo de los jueces y ya todo se centra en el tiempo de la política. De su política, por supuesto. Sin interferencias, sin control, sin contrapesos de ningún tipo. Pura política platónica en la que el dictador decide qué es lo bueno y qué es lo malo y se lo impone a su pueblo.

Y lo peor de todo es que hay docenas, cientos de políticos -y politólogos y profesores universitarios y escritores y artistas- que están absolutamente convencidos de que Jaume Asens tiene razón y de que es la hora de la política y ya nunca más debería ser la hora de los jueces. Detrás de esta visión de los hechos se oculta el más obsceno desprecio por el Estado de Derecho y por los mecanismos legales que puedan frenar la locura de un personaje tan siniestro como Lukashenko. Y lo más preocupante de todo es que Jaume Asens parece una persona muy limitada intelectualmente que no es realmente consciente de lo que significan sus palabras. Pero hay gente que parece mucho más inteligente que defiende exactamente lo mismo que Jaume Asens, no sabemos si por cinismo o por oportunismo o por pura lujuria de poder, que era la forma en que Orwell denominaba la sed de poder que llevaba a muchos intelectuales y artistas a idolatrar a un dictador a cambio de disfrutar de una serie de privilegios que eran inalcanzables para el resto de la población: un buen sueldo, la promoción internacional de sus ideas y de sus libros o la protección permanente del Estado.

Así que digámoslo claro: todos los que hablan de que no debemos «judicializar la política» porque es «la hora de la política y no la hora de los jueces» son simples imitadores del buen dictador Lukashenko, ese autócrata rufianesco que se permite secuestrar aviones y llevarse detenidos a sus pasajeros.

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