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Matías Vallés

Al Azar | La España llenada

La España vaciada, quién la pillara. La consecuencia inmediata de ese país desertizado es la España llenada de los atascos humanos, automovilísticos y víricos, que ha perdido su condición de víctima a manos de la superioridad moral de las minorías. Ninguna persona que haya madrugado hoy en una urbe de más de medio millón de habitantes habrá experimentado una situación de privilegio. Al revés, su mayor momento de felicidad coincidirá con los planes para huir de su entorno lo antes posible, disfrutando de unas vacaciones que desearía eternas.

La polarización no es exclusiva de las ideologías, y el país se divide a muerte en una asfixiante España llenada que se pasa el día escuchando historias lastimeras de la España vaciada, erigida en el referente edénico de las grandes aglomeraciones quizás por no haber leído con aplicación suficiente a Machado. Funciona la estructura de frontera de Juego de tronos, con la particularidad de que los privilegiados se lamentan de las ventajas de que gozan los oprimidos. En la reivindicación incesante, se discute por qué un pueblo de mil habitantes no dispone de cirugía cardiaca y aeropuerto, olvidando que el acceso a ambos dentro del núcleo megaurbano es tan complicado como desde cualquier municipio circundante en un radio de cien kilómetros.

Para ser una España vaciada, hace mucho ruido. Los libros sobre zonas abandonadas tienden a lo innumerable. Los grandes periodistas humanitarios, menudo oxímoron, se han desentendido de la migración para narrar el presunto drama de los núcleos aislados. La última comparación feliz habla de espacios inmensos con la densidad demográfica de Laponia. Por tanto, y para redondear la España real, esa desnudez debe compensarse con una España llenada que amontona la humanidad de Bombay, y que explica la ferocidad en los contornos de la pandemia que empieza a ser de mal tono comentar. El encanto de la multitud.

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