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Juan José Millas

Tierra de nadie | Ariadna

Nos gustó europear, quizá a Europa le gustó españolear. El europeísmo y el españolismo se encontraron en Maastricht y dieron lugar a euroñalismo, que está bien. Todo está bien, en orden, todo está perdonado. No sabemos dónde termina el brazo y comienza la prótesis porque el brazo se ha vuelto un poco artificial y la prótesis un poco natural. Tampoco sabemos dónde la energía eólica deviene eléctrica, pero accionamos el interruptor y la luz se enciende. Las fronteras, cuanto menos claras, más eficaces. La burocracia fronteriza es una peste. Menos pasaportes, por favor, menos timbres y sellos, menos salvoconductos, menos policía aduanera, menos etcétera. La peor de las fronteras es la que separa el pensamiento de la opacidad. ¿Dónde termina la opacidad del hormigón armado? El hormigón es la frontera entre dos estados del alma. Hay almas de hormigón armado y de cemento portland y de acero corten.

Todos los materiales de la arquitectura nos conciernen porque los domicilios particulares y los recintos ministeriales están hechos a nuestra imagen y semejanza. Lo que no es imagen o semejanza es caos. Así, cuando entro en el recibidor de mi casa, entro en mí mismo, pues el pasillo que se abre en el recibidor es el que conduce al inconsciente. En mi inconsciente está Europa, que era una princesa a quien Zeus, enamorado de ella, raptó y condujo a Creta disfrazado de un toro blanco. De ahí la expresión «el rapto de Europa», tan misteriosa para quienes no conocen la historia. ¿Acaso era raptable Europa?, nos preguntábamos en lado de acá de la ignorancia, antes de estudiar mitología.

En mi inconsciente, que es un laberinto semejante al de Creta, hay un minotauro buscando la salida. El minotauro soy yo y tengo cuerpo de hombre y cabeza de toro, aunque ignoro si lo equivocado es la cabeza o el cuerpo. Si pudiera elegir entre ser un toro completo o un hombre absoluto, no sé qué elegiría, porque ya no distingo en mí la ortopedia del órgano. Parece que estoy dentro del laberinto, pero es el laberinto el que me habita. No he de salir de él, sino sacarlo fuera, vomitarlo, expulsarlo. Entre tanto voy segregando frases que se parecen mucho a un hilo: el de Ariadna.

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