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El móvil o yo

España es uno de los países del globo en el que pasamos más tiempo diario pegados al móvil. Este «enganche» virtual supone, según datos estadísticos, una media de treinta horas a la semana, que se dice pronto en un mundo en el que nos quejamos constantemente de que se nos va la vida sin tiempo para hacer lo que de verdad nos gustaría hacer. Como dormir las horas necesarias, que tampoco hay que ponerse soñadores y acordarse de ese viaje pendiente al Machu Picchu.

Y es que el teléfono, que ya es de todo más que teléfono, está presente en cada faceta de nuestra vida desde que nos saca de la cama por la mañana con su función de repelente despertador. Si disponemos de unos minutillos extra, aprovecharemos el remoloneo entre las sábanas para cotillear las redes sociales, y el dispositivo se encargará a su vez de notificarnos todo lo que ha ocurrido mientras dormíamos sin tiempo ni siquiera para espabilar: los chats, los correos electrónicos, las noticias de última hora, los recordatorios de agenda. Ya en el desayuno, nos dejaremos los ojos para leer la prensa en la pantalla. Uy, el café ha hecho efecto: al baño, muchos con el móvil –confesad, en la mayoría de las casas ha sustituido a las revistas del baño, esas que venían gratis con el periódico que ya no compráis–. El GPS para llegar al lugar de la reunión, la aplicación de zona azul, el contador de pasos que nos espolea para conseguir nuestro objetivo saludable, el pago de la compra, el código QR para elegir el menú, la foto de esa ensalada tan apetecible que me acaban de poner, la app del banco a ver si ya me han ingresado la factura esos petardos a los que no les vuelvo a hacer un trabajo, el Zoom para la siguiente reunión porque no llego a tiempo al ordenador. Toma, me han comprado en Wallapop ese taladro que nunca uso. En qué estaría pensando, ni que me fuera a mí la bricomanía. Qué cansado estoy, hoy pido la cena por Glovo y que me la traigan a casa sin pensar en las consecuencias, que bastante tengo yo con lo mío. A ver qué se cuece en Twitter, me meto con alguien y así me desahogo de mis frustraciones diarias. Salto a Tinder a ver si alguien me sigue el rollo. Qué coñazo, está la gente de siempre, este pueblo es que es muy chico. Mejor me lanzo una serie a la tele: Netflix, Amazon, HBO… echaré un vistazo a ver qué me inspira. Se llama nomofobia y puedo contar con los dedos de una mano las personas que conozco que no han caído en ella. Y eso que tengo cuatro mil ciento cincuenta y cuatro amigos en Facebook.

El aislamiento motivado por la pandemia ha hecho que esa dependencia crezca de forma exponencial, y es lógico si pensamos que hemos pasado meses sin poder visitar a los nuestros. Hemos tirado de teléfono inteligente para todo. Lo malo es que igual, solo igual, la inteligencia que se está quedando por el camino es la nuestra.

Hemos tirado de teléfono inteligente para todo, pero igual la inteligencia que se está quedando por el camino es la nuestra

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Porque si ya de por sí suena ridículo, lo esperpéntico es que todo esto no lo hacemos únicamente cuando estamos solos, sino que cuando al fin nos reunimos con alguien a quien –quizá sí, quizá no tanto– teníamos muchas ganas de ver, seguiremos embobados con la pantalla.

La primera vez que viajé a Estados Unidos fue en el 2006. Estaba yo en esa ciudad tan cool que es Nueva York, sentada en una cafetería observándolo todo, y flipaba con la pareja que tenía enfrente. Ambos estaban enfrascados en sus respectivos móviles. «¿Por qué no hablan entre ellos?» preguntaba esa ingenua Susana del pasado. Aquello me marcó, así que recuerdo también haberle dicho a mi acompañante algo como esto: si tuviera un novio que prefiriera el móvil a hablar conmigo, le diría que ahí se queda para siempre. Diez años después, dejé plantada a una amiga a mitad de un café con ella. Nos habíamos citado para ponernos al día y no había sido capaz de soltar el móvil más de sesenta segundos seguidos. «¿Hablamos?» le escribí vía Whatsapp. Levantó la cabeza y sonrió, divertida con mi ocurrencia. Después la volvió a bajar y desapareció otra vez en sus mundos. No hemos perdido la amistad, no os creáis. Solo que ahora la mantenemos a través del chat.

En el tiempo que he tardado en escribir este artículo, se me han acumulado veintiséis mensajes de WhatsApp, de los cuales nueve son notas de voz. Juntos –solo los audios– suman un total de doce minutos y veintidós segundos. Tengo tarea. Sobre todo si decido contestar a su vez con otras notas de audio. Pues mira, igual lo hago. Me da pereza teclear más.

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