Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La noticia de que el ministerio de Universidades se plantea reformar el procedimiento actual para la elección de los rectores, permitiendo que, además de los catedráticos también puedan optar al cargo los profesores titulares, ha venido seguida de explicaciones acerca del porqué del cambio. No las ha dado el ministro, faltaría más, que sus excelencias no tienen por qué justificar nada. Pero bajo la consabida fórmula de «fuentes del departamento» se ha dicho a la prensa que de lo que se trata al añadir a los profesores titulares a la nómina de candidatos es de dar más oportunidades a las mujeres para acceder al rectorado, ya que hasta tres cuartas partes de los catedráticos son hombres.

A primera vista parece un argumento concluyente. Centrándome en mi experiencia personal, de todos los rectores que he conocido de cerca la persona que mejor ejerció a mi entender el cargo era una mujer y, por cierto, científica y catalana. Pero para cualquiera que conozca desde dentro el mundo de la academia, el silogismo de que a un mayor número de candidatas le seguirá una mayor abundancia de rectoras suena a broma. En las universidades españolas, sometidas como están a un régimen de nepotismo y endogamia, en la gran mayoría de los casos lo que cuenta para que salga elegido un determinado rector es que tenga apoyo dentro de los grupos de poder de la institución sin que apenas pesen no ya su sexo sino su talento, su prudencia y su capacidad de gestión.

En Estados Unidos el cargo debe recaer en alguien que no tenga relación alguna con sus facultades y escuelas, que no se vea lastrado por compromisos, filias y fobias

decoration

Así que, puestos a reformar el procedimiento, es una lástima que al ministro no se le haya ocurrido inspirarse en lo que se hace en las universidades del país en el que ganó un prestigio más que merecido como investigador y docente, es decir, los Estados Unidos de América. No por casualidad son las universidades estadounidenses las que acaparan los primeros puestos en todos los baremos de calidad que se hacen año tras año y digo yo que algo tendrá que ver en esos éxitos la manera como se decide quién es la máxima autoridad de gestión en las instituciones.

Ya de entrada, en ninguna de las universidades (hablamos de las de prestigio, no de las universidades-basura) de los Estados Unidos puede ser nombrado rector uno de sus profesores. El cargo debe recaer en alguien que no tenga relación alguna con sus facultades y escuelas, que es lo mismo que decir que no se vea lastrado por compromisos, filias, fobias o deudas de agradecimiento. Por añadidura, tampoco son los profesores los que eligen al rector sino el consejo de administración de la universidad —Board of Trustees— que tiene en esa capacidad de nombrar a quien llaman allí presidente, y no rector, su principal y más exigente compromiso. Estoy seguro que en esas condiciones habría muchas más mujeres ocupando en España el rectorado. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

Compartir el artículo

stats