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Matías Vallés

Bill Gates padece el síndrome de Juan Carlos I

El magnate que vacuna a millones de personas, abandonado por su esposa después de sus contactos con un pederasta

Bill Gates.

Bill Gates. REUTERS

Bill Gates ha salvado las vidas de millones de personas en todo el mundo, por curación o vacunación a través de su costosísima labor solidaria. Las aportaciones de la Bill&Melinda Gates Foundation a las vacunas contra el coronavirus se miden en centenares de millones de euros, muy por encima de la tacañería de Estados como España.

En el escaso tiempo que le dejaba libre esta ingente tarea, el magnate informático asistía a las veladas de alto contenido erótico del teóricamente suicidado Jeffrey Epstein, el símbolo contemporáneo de la depravación sexual con menores de edad. La amistad entre ambos no solo ha sido confesada por el superviviente, también está ligada al divorcio de su esposa y exempleada, la Melinda Gates que capitanea sus proyectos científicos.

En la mansión que ocupaba Epstein en Manhattan, un edificio entero, no se jugaba al billar de madrugada. La extensa propiedad en las Virgin Islands tal vez fue elegida por la denominación del paraíso caribeño. No es exagerado calificar a Bill Gates de creador del mundo contemporáneo, además de primera fortuna de dicho planeta. Ahora hay que conciliar esta preeminencia con una dudosa conducta personal, que se había podido escamotear hasta que ha aflorado por el rechazo de su esposa y gran colaboradora.

El dilema suena a repetición en el país de Juan Carlos I, el creador de la España contemporánea que decidió cobrarse su labor en fortunas no declaradas. Mejor que nadie se dedique a auscultar su conducta privada junto a Gianni Agnelli y otros, que también le ha costado el extrañamiento de su esposa. Los calvinistas detallarán que ningún pecado puede ser disculpado por la personalidad de su autor, pero las corrientes pragmáticas son más sinuosas. Aquí mismo, persisten los enaltecedores del penúltimo Rey que se negó a contribuir a Hacienda. Y personajes como Plácido Domingo nunca sufrieron fuego artillero a que se sometió a un Harvey Weinstein, por motivos estrictamente patrióticos.

El misterio de los estigmas o sambenitos consiste en determinar en qué momento se considera que lastran irreversiblemente a sus propietarios. Los contactos de Bill Gates con Epstein se remontan a años atrás, persisten cuando el pederasta logra una muy beneficiosa calificación fiscal en Florida y se prolongan a las puertas del suicidio de 2019. Con estos precedentes, el reproche no había alcanzado al fundador de Microsoft hasta hoy mismo.

La intimidad con Epstein y sus orgías, que oscilaban habitualmente alrededor de la figura del «masaje», no ha propiciado un daño adicional a expresidentes estadounidenses como Bill Clinton o Donald Trump, tal vez porque en el caso de ambos era difícil empeorar su notoriedad sexual. El príncipe Andrés de Inglaterra fue blindado por su madre Isabel II, después de una deplorable entrevista en la BBC durante la cual solo le faltó especificar que todas sus respuestas eran mentira.

Frente a estos depredadores de menguada reputación, Bill Gates estaba fabricado de otra pasta, en un nuevo ejemplo de que los afirmacionistas que se lo creen todo son mucho más peligrosos que los negacionistas que no se creen nada. Seguro que los entusiastas del magnate siguen dispuestos a mantener que el informático se limitaba a beber ginger ale en las agitadas veladas de Epstein.

El súbitamente cuestionado Bill Gates es padre de dos hijas y un hijo, un dato de dudosa relevancia científica pero que se resalta al moralizar su trayectoria. En el caso del monarca español se discute la retirada de placas, calles y plazas a su nombre. Sin embargo, las inyecciones millonarias del magnate siguen vigentes. Hoy mismo, supone un orgullo para científicos y científicas haber sido incluidos en programas patrocinados por la Melinda&Bill Gates Foundation, vínculo que resaltan en sus publicaciones y que ahora adquiere ribetes ominosos.

La sabia naturaleza ha compendiado la bondad y la maldad extremas en una misma persona, a menudo en idéntico momento. Esta propiedad se llama humanidad, pero los afirmacionistas acríticos predican que no practican la fabulosa escisión entre ambas condiciones. El gran amigo de Epstein es el Salvator Mundi, guste o no.

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