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Si hay algo obvio que se desprende de las imágenes acerca de las celebraciones masivas del estado de alarma es que en pocas semanas vamos a estar de nuevo en la casilla de salida. Se trata de una especie de juego de la oca insensato que nos empeñamos en seguir probando una y otra vez, por más que los riesgos de tener que ponernos una vez más en estado no ya de alarma sino de desespero se conocen de sobras. Los epidemiólogos han explicado hasta la saciedad que la vacuna no sirve para impedir que uno se contagie —ni contagie a otros—; se limita a minimizar algo los riesgos que corremos. Pero para ello sería necesario que hubiese un porcentaje de la población vacunada, el 70% al menos, y lo que nos dicen las noticias es que en Estados Unidos, el país en que más dosis almacenadas hay, tantas que se inyectan ya en los supermercados, sólo alrededor del 30% de los ciudadanos piensa en ponerse la vacuna.

Ante semejante estado de las cosas cabe entender que la presidenta de la asamblea de Madrid haya logrado renovar con tanta facilidad su cargo. Ha sabido entender que la ciudadanía lee las noticias acerca de la pandemia como si estuviese estudiando una asignatura de Historia de la antigüedad clásica y con parecido fervor. A la hora de la verdad, lo que cuenta es el carpe diem, que eso sí que lo entendemos muy bien, y el fatalismo que permite confiar en el poder de la suerte. Contagiarnos, igual no nos contagiamos, pero aburrirnos por culpa del confinamiento, los cierres perimetrales y los toques de queda nos aburrimos todos como ostras. Así que bienvenido sea el final del estado de alarma y a otra cosa.

Si el Gobierno gobernase, que hace muchísimo tiempo que no lo hace, igual se tomaba en serio la oferta del Partido Popular de sumar sus votos en las Cortes para aprobar leyes contra la pandemia más eficaces, que permitan no estar al albur de la decisión de los jueces que aquí dicen que sí y allá, que no. Pero esa solución está más que descartada de antemano porque por mucho que las cabezas pensantes de la ideología políticamente correcta echen en cara a los otros —es decir, a la derecha, por supuesto— que buscan el bienestar de sus partidos y no de los ciudadanos, es eso lo que mejor define el día a día ministerial.

Que no cunda el pánico porque las alegrías del final del estado de alarma tardarán semanas, o meses, en pasar factura y ahora lo que viene es el reparto de los fondos europeos y la manera como podremos convencer a Bruselas de que nos los den. Están garantizados días de mucho entretenimiento entre las acusaciones mutuas y la concesión de las prebendas, que también parecen referirse a un tratado en este caso de ciencia ficción. Pero nada de eso proporciona tanta euforia como los botellones repentinos, así que no merece la pena hacerle caso.

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