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Bernat Jofre

Inteligencia artificial «versus» mundo artificial

«Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante»

George Orwell, novelista y show businessman norteamericano del s.XX.

Antes de entrar en materia, vaya por delante de que servidor prefiere mucho más una voz humana que un gélido sonido salido de un microchip, por muy perfecto que sea el último. Pero intuyo que la batalla está perdida de antemano, y que como buen humano deberemos adaptarnos a la tecnología o seremos apartados de la sociedad, como seres absolutamente inadaptados a los nuevos tiempos.

No obstante, y después de leer las decenas de manifiestos publicados estos días a fin de celebrar el Primero de Mayo, uno se pregunta si la clase política y sindical se ha dado cuenta dónde está el verdadero problema de la clase trabajadora. Si en las relaciones con «el empresario» o con las máquinas que vienen a sustituir cientos de miles de puestos de trabajo. Ejecutivos inclusive. No ya en España, sino en casi todos los países civilizados. Porque si los progresos en el mundo del silicio y microcomputación siguen a la velocidad de crucero que hasta ahora, ya no habrá demasiados puestos de trabajo que defender. Como mínimo, a falta de un nuevo Ned Ludd - para quien no lo sepa, el líder obrero inglés que en 1779 la emprendió a golpes contra las «Mule-Jenny» pues creía que las hiladoras automáticas quitaban puestos de trabajo - que destroce el paradigma cibernético al que vamos sin remisión.

El fenómeno es diverso. Como muestra, tres botones. En primer lugar, la mayor empresa agrícola de Europa, Ukrlendfarming. Poseedora de centenares de millones de kilómetros cuadrados. Hasta hace muy poco, languidecía víctima de su gigantismo en Ucrania. Roturar, sembrar y cosechar tales porciones en tan poco tiempo - la cosecha cerealista se reduce a máxime tres semanas - solía ser una fuente de ejercicios negativos. Muy bien tenía que ir el precio de los diferentes cereales plantados - maíz, sésamo, soja - para que la empresa fuese rentable. Hasta que llegó John Deere y su AET o tractor solar autónomo. Capaz de trabajar semanas seguidas sin repostar un solo litro de combustible: su fuente de energía es el sol. Armado de un sofisticado sistema de cámaras, analiza todo lo que tiene delante - piedras, maderas, etcétera - y decide qué tipo de riesgos conlleva para la función que esté haciendo. Como se pueden imaginar, llevar la inmensa finca ucraniana se ha hecho mucho más llevadero y rentable con un centenar de silenciosos y obedientes tractores que con miles de tractoristas, cobrando muchos de ellos por horas.

No tan sólo son empresarios ávidos de dinero y pocos escrúpulos los que se benefician de los progresos de la robótica: las barredoras autómatas inteligentes hacen furor en los municipios europeos y orientales. De derechas y de izquierdas: quizás los mismos políticos que estos días han escrito bellos artículos defendiendo los derechos laborales estén pensando comprar unos eficientes aparatos que ni protestan ni se sindican, limpian sin descanso y además permitirían disminuir las cargas laborales de los respectivos ayuntamientos. Todo es posible.

Como que las remodelaciones o nuevas construcciones de hoteles se hagan ya pensando en los nuevos hallazgos tecnológicos que hacen que, la plantilla de un establecimiento hotelero pueda disminuir mucho en cuanto a mano de obra se requiere. Desde los check in automáticos en recepción, la digitalización de la entrega de datos - ahora ya posible hacerla por Internet -, la reconversión del bar en una inmensa sala de vending...hasta los aparatos limpiadores industriales, que silenciosamente se pasean por los pasillos. Una minicámara y un chip donde se halla el mapa de la planta donde está trabajando guía al mudo y un tanto inquietante trabajador. El turismo va a cambiar mucho en los próximos veinte años, sin duda.

La pregunta es si debemos parar la tecnología. O atinar qué es inteligencia artificial y qué puede ser, directamente, un mundo artificial.

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