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José Carlos Llop

Raíz democrática (o no)

Cuando aquí no había democracia, mirábamos hacia Italia, donde se daba con naturalidad política una curiosa alternancia. En las ciudades eran muchos los que votaban a la derecha para el gobierno y a la izquierda para los municipios y regiones. Como si consideraran a la derecha más idónea para la política, digamos, representativa de la nación y a la izquierda para mantener limpia y en orden la casa. Eso ocurría en los 70 como ocurrían los atentados de las Brigadas Rojas y ocurrió el secuestro y asesinato de Aldo Moro que en España vivimos casi como propio. Como si Aldo Moro fuera nuestro, quiero decir y los que lo habían secuestrado, enemigos. Así DC y PCI se turnaban y combinaban y ahí estaba el invento del Compromiso Histórico –que sentenciaría a Moro, su gran artífice–, lo que debe de sonar a arqueología sumeria a quienes hoy son jóvenes y están pendientes de otras cosas. Sus planes de estudio han borrado o frivolizado hasta lo gaseoso la Historia.

La Transición española le debe más de lo que parece a esa Italia. Santiago Carrillo, que controlaba el PCE con mano férrea y sonrisa de abuelo ante la prensa, aprendió varias cosas de Enrico Berlinguer, el dirigente aristócrata del PCI, discípulo de Gramsci y amigo de Luchino Visconti. Berlinguer había roto con la URSS y era muy crítico con el terrorismo de izquierdas, al que consideraba el gran desestabilizador de la democracia. Él y Andreotti aprendieron a convivir democráticamente en beneficio de su país, como lo harían después Carrillo y Suárez en España y el resto es eurocomunismo –poco que ver con lo que hay ahora– e Historia.

Cuando uno escucha la literatura política actual, esa suma de frases impertinentes o violentas pronunciadas impunemente y su reflejo en la sociedad, piensa ‘dónde quedó todo eso’. Cuando se observa la pobreza del reduccionismo en el análisis del otro –que digo, análisis si es sentencia–, uno se pregunta ‘dónde queda la democracia’.

Permanentemente asociados a lo sectario –los míos, exentos de toda crítica y los otros cargados de todo mal– o al ‘y tú más’, el panorama es tan estéril como simplista. Y no sé qué suena peor, si oír ‘en mi familia siempre se ha votado a la izquierda’ o ‘en casa somos de derechas de toda la vida’, o la relación –como dogma de fe– entre ricos y derechas, y pobres e izquierdas. Todo es de una banalidad y una tontería supina. En una familia hay de todo o así debería ser, como en una sociedad, y la manera de pensar no tiene por qué venir predeterminada por el origen económico-social (otra cosa es la sentimentalidad y otra, también, el esnobismo político, tan frecuente en la burguesía y en las llamadas élites).

Berlinguer procedía de la burguesía sarda, ennoblecida por Carlos V. Bakunin era hijo de terrateniente ruso, con mil siervos en propiedad –repito: en propiedad, esclavismo puro y duro–, y el anarquista Kropotkin era príncipe de la corte zarista, y en fin, en España tuvimos a la duquesa de Medinasidonia y a Nicolás Sartorius, sin ir más lejos… Pero nadie lo recuerda a la hora de descalificar por su cuna a una política conservadora, llamándola despectiva y amenazadoramente marquesa o aristócrata en el Parlamento, como si estuviéramos en el París del Terror. Y los demás, riéndole la gracia al charlatán.

Esta semana, uno de los teóricos de la izquierda española de los últimos tiempos ha dicho que ‘los que ganan 900 euros y votan a la derecha no son ningunos Einstein’. Es más: en algún medio se dijo que los llamó ‘gilipollas’, así sin eufemismos científicos. ¿Desde qué púlpito habla este hombre y maldice el voto de quien sólo tiene 900 euros al mes cuando ese voto no favorece a los suyos? La frase, por lo cutre-elitista y despreciativa, se las trae. ¿Hablamos de libertad de voto o de voto condicionado por los euros que se ganen? ¿Hablamos de relación entre inteligencia y ganancias de dinero? ¿Hablamos de Sócrates, quizá? ¿Alguien se pregunta por ahí por qué los barrios comunistas de Marsella se convirtieron en bloque en votantes lepenistas hace quince o veinte años? ¿Fue seducción de la extrema derecha, o culpa de la izquierda que los abandonó porque no eran ningunos Einstein? Mira quien fue a hablar...

El uso patrimonial de la inteligencia o de la cultura, así en abstracto para descalificar, no deja en muy buen lugar a quien lo hace. Revela, de hecho, además de mala educación, falta de la inteligencia que se presume y, sobre todo, falta de cultura, algo, la cultura, que cuanta más se tiene menos soberbia provoca, o debería provocar. La sensación ahora, cuando uno oye lo que se dice por ahí es que hemos vuelto a mirar a Italia, qué digo mirar, a sumergirnos en ella. Pero no la de Berlinguer y Andreotti, sino la ya trasnochada de Berlusconi y sus mamachichos. No una Italia de raíces democráticas sino otra que utilizó las maneras de la democracia para crear una política que poco tenía que ver con esa misma democracia. Y así va la cosa, como un reality show.

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