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Matías Vallés

Al Azar | Ayuso tiene el voto, no el poder

En una exhibición populista sin precedentes, Isabel Díaz Ayuso se coronó en día laborable como la política más y mejor votada de España. La algazara es comprensible, pero la elegida comparte ahora los apoyos numerosos con los enemigos poderosos, con la desventaja de que está desarmada. Las exigencias estatales se sitúan a la altura del vendaval desatado por la presidenta de la comunidad madrileña, que carece de competencias para satisfacerlas. Los triunfos también pueden ser excesivos, y la ganadora ha asumido un papel que no le corresponde y que difícilmente podrá interpretar.

Ayuso gobierna solo una provincia, que comparte con el ayuntamiento de la capital y el gobierno del país entero. Tiene el voto, pero no el poder, ni siquiera en su ámbito. Recuerda a la Inés Arrimadas de los 36 diputados en el Parlament independentista en 2017. Pronto fue obligada a descarrilar, por su propio partido y en una maniobra liderada por Albert Rivera. Fulgor y caída compartidos por la presidenta madrileña. Eclipsa al presidente de su formación al igual que la enterradora de Ciudadanos, y Sánchez se arrepiente de haberla encumbrado, pero cabe imaginar también la irritación en La Zarzuela al contemplar cómo una plebeya maneja las armas de seducción con mayor habilidad que las instituciones milenarias.

Ayuso no ha desacreditado a las ideologías rivales, ha dinamitado una forma de entender la política compartida en los parlamentos, palacios y cajas fuertes. Desde la modestia de su objetivo electoral, ha suscitado la envidia de quienes le aventajan en accionistas pero no lograrían ni el uno por ciento de su respaldo callejero. De ahí que la presidenta de los «tabernarios», a quienes saludó al asumir el cargo en Génova, se haya convertido en el objetivo a abatir. Los titiriteros temen una reedición de Evita, y la látigo de castristas y estalinistas acabará asumiendo una línea de Salvador Allende. «Tenemos el Gobierno, pero no el poder».

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