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Eduardo Jordà

Primero de Mayo

El Primero de Mayo, Fiesta del Trabajo, paso por delante del zaguán de un cajero automático donde vive una pareja de vagabundos. Esa oficina bancaria -a la que yo solía ir a sacar dinero- cerró hace uno o dos años, y desde hace unos meses, esa pareja se ha instalado en el zaguán, justo debajo del lugar donde estaba el cajero ahora inservible. Siempre que paso por delante de ese zaguán me llama la atención el orden que ha sabido crear esa pareja de vagabundos, que debe de tener entre cuarenta y cincuenta años y que no sé si vivían ya juntos antes de empezar a vivir en la calle o si se han conocido en la calle y ahora viven juntos. En cualquier caso, esa pareja tiene un sentido innato de lo que debería ser un hogar. Han colocado un cartón de embalaje que sirve de biombo para proteger de alguna manera su intimidad, y de algún modo han conseguido crear unas mínimas condiciones de habitabilidad (si es que vivir en un zaguán se puede llamar habitabilidad, claro). Por las noches, cuando duermen, dejan los zapatos muy bien colocados delante de sus sacos de dormir: los de la mujer a un lado y los del hombre a otro. Nunca he visto cartones de vino ni suciedad en el pequeño habitáculo de esta pareja. Un día vi al hombre barriendo el tramo de «su» acera.

El Primero de Mayo, al pasar por allí temprano por la mañana, me encontré al hombre leyendo un libro mientras su mujer aún dormía. Era como si estuviera vigilando el sueño de su pareja mientras él montaba guardia. Y además, era como si intentara engañarse -y engañarnos a nosotros, los transeúntes- haciéndose creer que todavía disponía de algo remotamente parecido a un hogar. Sentí el impulso de acercarme a preguntarle qué libro estaba leyendo -para así, de paso, poder charlar un rato-, pero eso hubiera sido una intromisión humillante. Elegir ese libro (cerca del zaguán hay un quiosco donde venden libros de segunda mano por 50 céntimos) y leerlo mientras su mujer dormía era una de las escasas posibilidades que le quedaban de demostrar su dignidad. ¿Qué pintaba un imbécil preguntándole qué libro estaba leyendo? ¿No era suficiente con tener que vivir en la calle y demostrar que uno había sabido conservar un mínimo de cordura y de respetabilidad?

El zaguán del cajero automático donde vivía con su pareja pertenecía a una entidad bancaria que ha anunciado 8.000 despidos de empleados a través de un ERE. Cualquiera sabe las razones que llevaron a este hombre a vivir en la calle. Pudo perder su trabajo, o caer en alguna clase de dependencia -alcohol, drogas, ludopatía, o todo a la vez-, o sufrir una condena que diera al traste con su vida (las condenas por violencia doméstica son abundantes entre la gente que vive en la calle). El caso es que ahora estaba allí, leyendo, con esa mujer que dormía y que quizá había sido su pareja «antes» de haber empezado a vivir en la calle -lo que demostraría una conmovedora fidelidad entre ellos dos-, o a la que tal vez había conocido en su nueva vida de vagabundo y con la que había intentado iniciar un simulacro de vida en pareja en un simulacro de hogar. Fuera como fuese, me pregunto qué pensará esa pareja de los eslóganes políticos que se repiten a todas horas en esta incesante campaña electoral que vivimos. ¿Qué querrá decir «antifascismo» para ellos dos? ¿Y nazi? ¿Qué será un nazi para ellos? ¿Y la libertad? ¿Qué clase de libertad es la que disfrutan en ese pedazo de acera? Por encima de sus sacos de dormir, en la única pared que todavía resiste en su hogar callejero, sigue habiendo un cajero automático ahora inservible. Ese cajero decora su «hogar» como si fuera un retrato de familia o la vieja cómoda donde se exponen las fotos de la boda y las fotos de los niños, pero eso es todo, aparte de una maleta de ruedines y una sucia colcha de Ikea y los sacos de dormir y las zapatillas de deporte perfectamente alineadas. Su hogar, su casa, es eso, nada más.

Si esta pareja que vive en el cajero automático pudiera seguir lo que se dice en las televisiones o en las redes sociales, sólo oiría gritos y amenazas: «¡Libertad! ¡Antifascismo! ¡Nazis! ¡Comunistas! ¡Ratas!». Si pudiera seguir las tertulias y los tuits, sólo oiría insultos y bravuconadas. Pero ¿qué significan para esta pareja todas esas consignas políticas que se repiten como ladridos de perro rabioso? ¿Qué sentido tiene este griterío histérico con el que nuestros políticos se complacen en fingir que hacen algo por todos nosotros y por el bien del país? «¡Libertad! ¡Antifascismo! ¡Nazis! ¡Comunistas! ¡Ratas!» ¿Significan algo estos gritos? ¿Tienen algún sentido para esta pareja del cajero automático? Mejor no saberlo.

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