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Matías Vallés

Los exnovios serán expulsados de Madrid

La posibilidad de encontrarse con una expareja aborrecible se convierte en el tema estrella de las autonómicas madrileñas

Por si subsistieran dudas sobre el carácter provincial a la par que provinciano de las elecciones madrileñas, Díaz Ayuso eleva el nivel presumiendo ante Carlos Alsina de que la vastedad de la capital garantiza que no te encontrarás con una antigua pareja. Aunque la presidenta de la citada comunidad rehúye el lenguaje soez, queda claro que el exnovio en cuestión podría ser de izquierdas en un caso extremo. De ahí que se hayan precipitado los críticos de la también candidata, que se limitaba a alborear un futuro en que los progresistas tengan que emigrar a países más acogedores, para dejar de asustar a las buenas gentes ultraconservadoras. Un aviso para los izquierdistas anónimos, convencidos de que la leyenda «cierra al salir» del PP iba destinada solo a Pablo Iglesias.

A cambio, Ayuso omite la reversibilidad de su argumento de dilución o disolución de los contactos indeseables, una imagen oportuna en tiempos de pandemia. Se extrae de su magnífico discurso que la enormidad demográfica de Madrid no evita emparejarse con un ser detestable, al que pronto no desearás volver a ver. Peor todavía, la superpoblación garantiza la multiplicación de parejas deprimentes, por lo que nadie permanecería en Madrid si sopesase este riesgo desolador.

Desmintiendo a quienes predican que las elecciones provinciales madrileñas se centran en asuntos alejados de la población, la preocupante posibilidad de encontrarse con una expareja aborrecible se convierte en el tema estrella de las autonómicas madrileñas. Quién no dispone de una experiencia imborrable por desgraciada, en este capítulo. Al enfatizar que Madrid ofrece una cosecha importante de personas a las que no deseas encontrarte bajo ningún concepto, el discurso de Ayuso se queda a un paso de amadrinar una operación de limpieza sentimental, una extirpación de seres desagradables a la altura de los presupuestos independentistas.

Puede incluso que Ayuso acierte, pero nadie le negará la originalidad. Una somera revisión de Google permite atestiguar que ningún candidato se ha presentado bajo el eslogan de «La ciudad donde no tropezarás con los exnovios que odias», ni siquiera en Estados Unidos. En la pugna con Cataluña que explica el fenómeno Ayuso, cabe recordar que Artur Mas se lamentó tras las regionales de 2015 de que hubieran votado personas que no debían hacerlo, y cabe imaginar de dónde procedían. Sin embargo, el exabrupto queda amparado por el estado de shock provocado por los resultados electorales insuficientes, y que en su caso le costaron la presidencia de la Generalitat.

En fin, la astucia de Ayuso reside en que el aislamiento de las parejas rotas, y la suya constituye un ejemplo necesario al sacarlo a colación ella misma, no le obliga a rechazar el voto de las personas a las que uno jamás desearía encontrarse. Aquí se le podría achacar el peor vicio para una conservadora radical, la equidistancia. De hecho, el desarrollo de esta propuesta más allá de los límites de una entrevista radiofónica, debería conducirle a garantizar a cada madrileño que hasta el final de la legislatura no volverá a encontrarse con las personas a las que detesta. Sería descabellado comprometerse a una relación indeterminada de descartes, dada la capacidad de odiar de algunos ciudadanos, pero cinco nombres per cápita a no cruzarse por la calle compone una cifra razonable para una política que aspira a la mayoría absoluta.

En honor de la ecuanimidad de la presidenta de todos los madrileños, hay incluso un izquierdista a quien Ayuso desea encontrarse a todas horas, por la tranquilidad que le reporta. Se trata de Ángel Gabilondo, matasellos de la continuidad del PP al frente de la comunidad. El catedrático socialista constituye uno de los mayores errores de casting de la historia de la democracia. Su atonía ha adelantado el resultado, hasta el extremo de que la discusión preelectoral se centra exclusivamente en el reparto del botín entre los socios de derecha.

Del mismo modo, el discurso progresista analiza de antemano las conclusiones de una debacle madrileña que sería menos estrepitosa con cualquier otra cabeza de cartel. No debería preocuparles tanto la derrota como el derrotismo, el ansia por perder las elecciones que se desprende de una campaña socialista más anodina que el propio candidato.

La izquierda necesita hurgar en geografías lejanas para hallar consuelo al desastre que se ha buscado en Madrid, con treinta diputados de vuelco. Por ejemplo, cabe remitirse a esta proclama de un partido político, «podemos decir con orgullo que hemos derrotado a la covid bajo el liderazgo capaz, sensible, comprometido y visionario de nuestro primer ministro». La emitió la formación de Narendra Modi en febrero, cuando la India tenía 14 mil contagios diarios. Esta semana ha bordeado los 400 mil al día. Ninguna victoria es duradera bajo la dictadura del virus.

Produce cierto sonrojo consagrar tanta atención a una querella electoral provincial, más vulgar en su programación y reparto que escalar el Everest, y aun admitiendo el peso del mimetismo. Porque en los artículos escritos en medios nacionales, los columnistas catequéticos piden al lector que vote en las elecciones madrileñas de acuerdo a los eruditos dictados de los creadores de opinión, olvidando que su lector puede vivir en Salamanca o en lugares todavía más alejados del epicentro del seísmo.

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