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Joaquín Rábago

Ser de Madrid

Hijo de madrileño, nací, como mi hermano, El Roto, en la España que era entonces de Franco a pocos metros de la Puerta del Sol, es decir en pleno centro de la capital, y, sin embargo, llegado a la edad adulta, siempre me sentí un poco de ninguna parte.

Tal vez se deba ello a esa falta de identidad que, según decía el otro día el escritor Andrés Trapiello, singulariza a una urbe que hasta hace poco, y a diferencia de Barcelona o Sevilla, durante años apenas existía para el turismo internacional.

Y si hoy está en el mapa de ese turismo no es por su monumentalidad ni, por supuesto, por su “aprendiz de río”, sino por los maravillosos museos que bordean el paseo del Prado, ese arbolado y bellísima paseo que para mí reemplazan con éxito al pobre Manzanares.

He vivido y trabajado tres décadas como corresponsal fuera de España y cada vez que he vuelto a Madrid, he intentado, pese a todo, reencontrarme, movido sin duda por la nostalgia, con los lugares de mi niñez.

Lugares como la plaza de Oriente, la de Santa Ana, las Vistillas, desde donde tan bien se veía y se ve, cuando lo permite hoy la contaminación, la sierra que tantos grandes artistas pintaron, desde Velázquez o Goya hasta Aureliano de Beruete.

Son barrios que conservan todavía algo de su viejo carácter pese a que los pisos turísticos han expulsado de allí a tantos vecinos y han desaparecido los viejos locales, sustituidos por tabernas irlandesas, restaurantes de comida basura y tiendas de souvenirs baratos para visitantes extranjeros.

La ciudad ha crecido además desorbitadamente, aprovechando la inmensa llanura en que se levanta, hasta el punto de que uno se pierde en los nuevos barrios, totalmente desprovistos de carácter y que podrían estar en cualquier otro lugar del mundo.

Sigo siendo por largas temporadas vecino de Madrid – otras las paso en Berlín- y, sin embargo, no me siento en absoluto identificado con la caricatura que está haciendo de la capital y de su supuesto modo de vivir – “a la madrileña”- como lo llama, no sin cierta chulería, la presidenta de la Comunidad.

Muy bien asesorada por su jefe de campaña, Isabel Díaz Ayuso ha logrado su objetivo de hacer que la izquierda que compite con ella por el control de la Comunidad durante los dos próximos años “compre” su discurso claramente neoliberal, de resonancias entre trumpianas y castizas.

Ha conseguido, esto es, que se hable sólo de cañas, de bares, de terrazas, de corridas de toros – ¡para horror del movimiento animalista!- y de un hospital para pandemias que, según ella, no tiene igual en el mundo, pero que una paciente ha descrito como “una nave industrial con luz todo el día y sin la mínima intimidad”.

¿Es posible que Díaz Ayuso vaya a ganar el próximo 4 de mayo, con un concepto de la libertad sin responsabilidad como el que ella predica a todos los vientos y que consiste – son sus palabras- en que “puedas salir hasta altas horas de la noche” y que “cambies de pareja y nunca te la vuelvas a encontrar por la calle”?

¿Qué dice esa segura victoria que predicen obstinadamente todas las encuestas y a la que tanto están ayudando con sus editoriales ciertos medios y tertulianos de la Villa y Corte, qué dice de ese nuevo Madrid de cerca de más de seis millones que al parecer todo el mundo nos envidia?

¿Es posible que el individualismo, el más descarnado afán de lucro, la falta de empatía con quienes sufren, la despreocupación por la desigualdad o la segregación socioeconómica en las escuelas, por las cada vez más visibles colas del hambre, sean lo que caracteriza a ese nuevo Madrid? ¿Es ése el Madrid que de verdad todos queremos?

Cuando se proclama nuestra protectora esa líder sin complejos a la que el grueso de la hostelería madrileña ha convertido en su santa patrona, una política cuya definición de la libertad es “poder hacer lo que te dé la gana”, le dan a uno ganas de gritar, tapándose los oídos, como aquel personaje del cuadro de Munch.

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