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Matías Vallés

Al Azar | No es la bala, es la carta

A veces llegan cartas con sabor amargo, se emocionaba Raphael, pero la canción lleva medio siglo sobre sus espaldas. En estos tiempos en que ha periclitado hasta el correo electrónico, la mera entrega de un sobre de papel generaría un movimiento espontáneo de terror, con independencia de su contenido. En la catarata de correos que reciben las autoridades, lo sorprendente no son las proverbiales amenazas comunes a los gobernantes de todo el orbe, sino la flema ante un ritual trasnochado. Por lo visto, en el ministerio del Interior recibirían con normalidad a alguien que llegara en carroza.

Obama recibía una media de treinta amenazas de muerte diarias, durante sus ocho años en la Casa Blanca. Este tiroteo verbal, en un país con más armas de fuego que habitantes, no figura de modo prominente ni en los discursos presidenciales ni en las abultadas memorias del primer emperador negro del planeta. En cambio, el discurso actual de Pablo Iglesias se concentra en su muerte violenta como hipótesis verosímil, y el coro de Ayuso le adjunta el rango de mártir a su canonización. Se alegará que la situación creada por los políticos madrileños no puede descartar un estallido violento, pero también Reagan se llevó un tiro de rebote sin que se alterara la discreción sobre los atentados a poderosos en Estados Unidos.

La generación inmunodeficiente que ha creado internet se siente herida de muerte por un tuit incisivo, y las cartas de sabor amargo a papel devuelven a la esclavitud de la materia. No es la primera vez que sucede en el pasado reciente. Mientras los expertos mundiales se despistaban con las ciberamenazas, un virus de verdad le ha arreado un bocado de sangre al planeta. Un Groucho octogenario declaró antes del Watergate que «la única esperanza para este país es el asesinato de Nixon». La grandeza se halla en la respuesta del abogado de la Casa Blanca, que menospreció el exabrupto «de un supuesto payaso». Ya no queda gente así.

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