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Antoni Aguiló Bonet

Antoni Aguiló Bonet

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra

Métricas

Métricas

Métricas

El destino del ser humano parece estar inseparablemente ligado a las medidas. La obsesión métrica es una constante en la historia Occidental, desde el culto pitagórico a los números a la sociedad capitalista de consumo que, en palabras de George Simmel, «expresa todas las diferencias cualitativas de las cosas en términos de ‘¿cuánto?’». Qué duda cabe de que fenómenos como la matematización y la digitalización dominan cada vez más ámbitos de la vida, desde las métricas que miden el rendimiento escolar hasta las diseñadas para medir la huella de nuestra identidad digital («me gusta», «compartidos», visitas a webs, tiempo de navegación, etc.). Por no hablar de las utilizadas para cuantificar lo más íntimo y personal, como la esfera sexual. De hecho, en los últimos tiempos se han introducido aplicaciones para dispositivos móviles que rastrean la frecuencia de nuestros encuentros sexuales, registran su duración y calculan las calorías que consumen. Un auténtico festival de placer algorítmico.

Las métricas son seductoras porque simplifican la realidad y dan una sensación de confianza basada en el criterio de certeza del que hablaba Descartes: brindan información clara y precisa con apariencia de verdad, incluso si es falsa. Pero lo cierto es que las métricas también pueden mentir, manipular o desinformar, sobre todo cuando se convierten en instrumentos al servicio del poder. En las últimas elecciones presidenciales estadounidenses, por ejemplo, circuló el bulo que afirmaba haber encontrado 1,8 millones de votos fantasmas a fin de desacreditar el proceso electoral.

No estoy, a priori, en contra de las métricas, pero sí de ciertos usos corrosivos que rigen nuestra sociedad y muchas de nuestras costumbres. A continuación, haré referencia a tres casos que nos están llevando por mal camino. El primero es lo que de modo metafórico puede llamarse «sistema métrico patriarcal». Me refiero a una métrica informal con el poder de medir la masculinidad y la feminidad y de declarar inferiores tanto a las mujeres en su conjunto como a todos aquellos hombres que no se ajustan a los cánones de la masculinidad dominante, que por lo común exaltan la fuerza física, la competitividad y el tamaño del pene. Los hombres estamos atrapados en una paranoia fálica alimentada en gran medida por la industria pornográfica. Una paranoia histórica que promueve una masculinidad competitiva y agresiva en la que el pene, sobre todo el erecto y de grandes dimensiones, es símbolo de control y poder patriarcal. Poder que el hombre ejerce convenientemente para conservar sus privilegios, reprimir a las mujeres, convertirlas en objetos, usarlas, violarlas y, si le place, matarlas.

El segundo caso es la «métrica de la productividad científica». Bajo el imperativo de la producción académica, los docentes e investigadores universitarios nos hemos vuelto un mero conjunto de números y estadísticas. Nuestro desempeño profesional se evalúa mediante varias métricas: número de publicaciones en revistas de primer nivel (no por nada la expresión «publicar o morir» es tristemente conocida en el mundo académico), número de descargas de artículos, número de citas académicas, número de estudiantes de doctorado, cantidad de financiación obtenida para investigar, etc. En algunas de sus obras, Franz Kafka anticipó como nadie la catástrofe de nuestra actual condición profesional: siervos alienados de una institución carcomida por criterios burocráticos y de mercado. Se trata de una lógica capitalista de evaluación de la producción científica que asfixia la creatividad, la solidaridad y la afectividad que la docencia necesita, sobre todo en tiempos como el presente. En efecto, si grandes pensadores como Sócrates, que no escribió ni publicó nada a lo largo de su vida, vivieran en la actualidad, no lograrían acreditarse académicamente. Lo que incentiva el sistema de medida de la calidad académica es acumular publicaciones (pese a que prácticamente no las lee casi nadie), sumar citas e inflar egos, no una educación superior capaz de generar conciencia crítica y de comprometerse con una práctica pedagógica apegada a la vida; una práctica liberadora que, como dice Bell Hooks, tenga el coraje de atreverse a transgredir las fronteras racistas, sexistas y clasistas en nombre de la dignidad y la libertad.

El tercer caso remite al ejercicio de la vigilancia biométrica. Con el pretexto de salvaguardar la salud pública, el contexto pandémico ha acelerado la adopción a gran escala de tecnologías de vigilancia biométrica (reconocimiento de voz, reconocimiento facial, temperatura corporal, huellas dactilares, etc.). No obstante, en noviembre de 2020, el Comité de la ONU para la Eliminación de la Discriminación Racial advirtió que el uso creciente de determinadas formas de control biométrico podría reforzar los prejuicios raciales y dar lugar a nuevas prácticas discriminatorias, teniendo en cuenta la tendencia de los algoritmos de reconocimiento facial a identificar erróneamente a colectivos racializados, como negros e indígenas. Un racismo algorítmico que bien podrían acabar por renovar viejas lógicas coloniales, como las leyes de los faroles vigentes en ciudades como Nueva York en el siglo XVIII. Tales leyes exigían que los cuerpos negros o mestizos permanecieran iluminados por la noche para que pudieran ser fácilmente identificados y vigilados por los blancos, sobre todo para evitar que se reunieran. Es más, la ley permitía que cualquier persona blanca detuviera a quienes después del atardecer caminaran sin el farol encendido. Lo explica la socióloga Simone Browne en su libro La oscuridad importa: la vigilancia de la negritud. Que se lo pregunten, si no, a los migrantes retenidos en el campamento de Las Raíces (Tenerife), que entre otras cosas denuncian la escasez de comida, el hacinamiento, el agua fría y la violencia física y psicológica de la empresa encargada de la vigilancia y el control del campamento.

Nuestra sujeción a las métricas revela que algo anda estrepitosamente mal, sobre todo cuando estas sirven para reproducir opresiones como el machismo, el racismo y el productivismo. Llama la atención que una de las virtudes más elogiadas por la antigua sabiduría griega era la justa medida (métron, en griego). El métron era un valor ético que entendía el acto excesivo (hybris) como un error, una muestra de insensatez y arrogancia que desbordaba los límites de la condición humana y abría la puerta al abuso y al mal uso del poder. Históricamente célebre es la máxima «Nada en demasía» esculpida en el templo de Apolo en Delfos. Haríamos bien si, en lugar de asumirlo, nos liberáramos de este delirio métrico y aprendiéramos algo de aquella sabiduría auténtica que recomendaba cuidar la medida humana de las cosas.

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