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Pedro Coll

Clones y mutantes

Collage perteneciente a la serie ‘Manhattan Puzzle’, 2001.

Collage perteneciente a la serie ‘Manhattan Puzzle’, 2001. © Pedro Coll

Llevo más de tres décadas fotografiando la calle, interpretando el libre devenir cotidiano en ciudades grandes. La discreción, el anonimato y una irreversible misantropía me llevan a perseguir imágenes casi sintiéndome invisible. «Procuro no ser visto», decía Robert Frank en situaciones análogas.

Todos sabemos que, desde que nació, la fotografía tuvo como primer campo de acción la calle, porque ahí es donde ocurren infinitas historias a la vista de todos. Recientemente, hace unos pocos años, alguien que parecía no haberse enterado se dio cuenta de ello - ¡eureka! - y decidió llamarlo street photography. Impresionante, descubrir una evidencia y venderlo como novedad, todo un arte del merchandising… y del efecto catapulta de las redes. Pues bien, en un pis-pas se puso de moda el street photography con su imparable avalancha de devotos seguidores y sus inevitables influencers. Se dan cursos y seminarios sobre esta especialidad, se convocan concursos internacionales, hay sitios web dedicados especialmente a ello, se hacen y publican estudios sobre las cámaras más adecuadas para su práctica, se habla de «especialistas en street». Coloquialmente suena así: «si, fulanito es especialista en street porque entre entendidos se dice simplemente street, street a secas es más cool».

Hace más de sesenta años, en 1955, desconociendo que estaba haciendo street photography, William Klein publicó un libro que hizo historia, New York. Sus impactantes imágenes siguen siendo hoy igual de intensas que lo fueron en su momento. A Klein no le hizo ninguna falta seguir las instrucciones ni ser el reflejo de nadie, simplemente hizo lo que sentía. Se lo inventó.

Las tendencias, las modas, han acabado marcado un camino al inseguro ciudadano de a pie. Como no sigamos las tendencias, lo que se hace, lo que se viste, lo que se come, lo que se piensa, lo que se crea, lo que se vota, a donde se debe ir y a donde no... nos convertiremos en seres transparentes. Disimuladamente aceptamos ser clones, lo necesitamos para sentirnos en la onda. Antes muertos que sencillos. Pero la cosa no queda aquí, se está complicando más. Por encima de esa especie de efecto rebaño -últimamente me encanta la versatilidad de este concepto- producido por décadas de publicidad y de influencia de los medios, ha aparecido algo definitivo, agresivo y global: las redes sociales, la conectividad. Ya no basta con clonarse, hay que dar un paso más, es necesario jugársela, darle a la centrifugadora y mutar. Nadie duda de que las redes constituyen el universo virtual donde ocurren las cosas y que lo que sucede fuera de ese universo, simplemente no sucede. Se trata de una nueva e imparable realidad. Es ahí donde los humanos, definitivamente seducidos, nos desnudamos y entregamos, sin ser conscientes de todo lo que ello conlleva.

Hace unos días, al saber una amiga mía mutante que yo no estaba en Facebook se llevó las manos la cabeza. «Qué pasa, ¿si no estoy en Facebook no existo?» me defendí. Pero ella, muy aguda y precisa, me dijo: «Mucho peor, no es que no existas, es que ni tan siquiera eres».

Quienes no figuramos en las redes comenzamos a ser considerados sospechosos y, ojo, posiblemente acabemos siendo objeto de investigación y hasta incluidos en la próxima actualización del Código Penal, con sus nefastas consecuencias. Aunque de momento, de momento, sólo pasamos por raros.

«Y en Instagram, ¿estás en Instagram? ¿Tampoco? ¡Lo tuyo es muy fuerte!».

Estoy escribiendo estas líneas en mi portátil y en la mesa vecina de la terraza del restaurante en el que estoy tres mutantes embozadas con mascarillas ffp2 están fotografiando con sus móviles las ensaladas que se va a comer. Para subirlas, claro. Pero, subirlas ¿para qué? ¡Si sólo son ensaladas!

Pienso que estamos entrando en una era en la que va a ser un agobio vivir para aquellos clonados que no consigan mutar. Por los que ni tan siquiera hemos llegado a clonarnos no doy ni un duro, desapareceremos silenciosamente. (Y que nos quiten lo bailado).

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