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Mercè  Marrero

La suerte de besar | Las palabras pesan

Cuando te repiten muchas veces que eres de una determinada manera te lo acabas creyendo y eso no siempre es bueno

De pequeña me dijeron que hablaba como un loro. Y me lo creí. Me lo dijo un conocido, entornando los párpados. Me sentí una plasta y, durante un tiempo (poco), callé más que hablé. Me chirría escuchar a un padre decirle a su hijo que es un incordio y se me atragantan los comentarios despreciativos de algunos hacia sus parejas. Las generalizaciones son armas que carga el diablo. Escuchar que siempre o nunca haces, te comportas o eres son expresiones que pueden finiquitar la moral de alguien. Una profesora me dijo que la aturullaba. El motivo era que no paraba de moverme en la silla y que era efusiva en mis expresiones. Agradezco que, en esa época, no estuviera de moda etiquetar a todo quisqui como hiperactivo. Si hoy no tienes algún déficit o superávit de atención o de distracción, estás fuera de onda. Nos encanta poner apelativos, pero no sabemos las consecuencias que tienen en la persona. Si te repiten mucho que eres de una determinada manera, acabas creyéndotelo. Y eso no siempre es bueno.

Hace unas décadas, a las personas con síndrome de Down o con algún otro tipo de discapacidad se las llamaba subnormales, retrasados o anormales. Con estos apelativos, no había quien levantara cabeza. Ya te habían invalidado en la misma casilla de salida. La cosa ha cambiado, pero no lo suficiente. Es fácil quedarse en la anécdota y generalizar. Escuchamos a menudo frases melifluas del tipo «los discapacitados son muy cariñosos». Si alguien nos dijese que todos los cojos son antipáticos, pensaríamos que acabamos de escuchar una soberana chorrada, entonces ¿por qué generalizar con la discapacidad? Por desconocimiento. Que digan que tal o cual colectivo es cuqui y amoroso aún tiene un pase, pero ¿qué pasa si decimos que son agresivos o peligrosos? Que el peso de las palabras mal dichas acaba calando y nos convierte en una sociedad menos sensible e inclusiva. Cuando una mujer es jueza, me gusta leerlo. Quiero escuchar decir que alguien es médica, cocinera, abogada o fontanera. Hablar con propiedad es una de las más valiosas aportaciones a la normalización y visibilidad de las cosas. La filósofa Adela Cortina acuñó la palabra aporofobia para mostrar una realidad: el miedo al pobre. Porque, en sus palabras, lo que no se nombra, no existe. Cierto, pero ¿qué sucede cuando nombramos mal las cosas? ¿Qué pasa si llamamos locos a las personas que tienen trastornos de salud mental, banalizamos los estados depresivos o generalizamos las características de las personas con algún tipo de necesidad de apoyo? Que nos alejamos del ideal de vivir en una sociedad conocedora y respetuosa con la diversidad y diferencia.

Una de mis tías tiene sesenta y tantos. Está estupenda, es optimista y divertida, pero este último año la palabra anciana ha caído como una losa sobre su vitalidad. El otro día le dijeron que, a pesar de pertenecer a la franja de ancianos entre 60 y 70 años, ella no iba a recibir su dosis de AstraZeneca. No solo le tuvo miedo al virus, también sintió pavor por la decrepitud. Quien se lo dijo, lo hizo sin malicia. No se paró a pensar el poder que tienen las palabras sobre los estados de ánimo. A pesar de todo, fuimos a comprarnos una minifalda porque a la vejez viruelas.

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