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Joaquín Rábago

China y la nueva geopolítica de la energía

Estamos ante une nueva geopolítica de la energía por la nunca demasiado rápida transición del carbón y los hidrocarburos a las llamadas energías limpias como la eólica, la solar o el hidrógeno verde.

La Agencia Internacional de las Energías Renovables (Irena por sus siglas en inglés), fundada en Bonn hace ya doce años, y con sede actualmente en los Emiratos Árabes Unidos, ha llevado a cabo un estudio internacional al respecto.

En el análisis que ha hecho público la Comisión Global sobre la Geopolítica de la Transformación Energética, como se llama un tanto rimbombantemente, se explica que se generarán nuevas formas de “dependencia y vulnerabilidad”, para las que los países deben estar preparados.

Entre los más beneficiados figuran países con enorme potencial técnico para la producción de energías renovables como Australia, país, sin embargo, que sigue explotando sus enormes recursos naturales sucios como el carbón, el gas o el petróleo.

O también Chile, que, al igual que Australia, tiene, por ejemplo, en el desierto de Atacama uno de las regiones del planeta con mayor potencial de explotación de la energía de origen solar.

El problema, sin embargo, es la difícil conservación y transportabilidad , es decir exportación, de algunas de esas energías a diferencia de lo que ocurre con las tradicionales.

Hace ya más de diez años se inició un proyecto bautizado con el nombre de Desertec y basado en la utilización de energías renovables y su transporte mediante corriente continua de alta tensión, lo que iba a permitir la construcción de centrales eléctricas en lugar distintos de los de consumo.

Aquel primer proyecto terminó abandonándose en 2014: algunas de las empresas participantes como Siemens y Bosch se descolgaron del mismo y en el Magreb hubo movimientos de resistencia a la posibilidad de suministrar energía a Europa mientras ellos sufrían escasez.

Todo ello se vio además complicado por los movimientos populares de protesta conocidos como las “primaveras árabes” y también por la guerra de Libia y el derrocamiento del régimen del coronel Muamar el Gadafi.

En los últimos años el proyecto Desertec, que preveía el suministro a Europa de energía tanto eólica como solar del norte de África, ha cobrado nueva vida, y así en 2019 el Gobierno alemán firmó con Marruecos un acuerdo de cooperación en materia de hidrógeno “verde”.

El acuerdo prevé la producción en ese país vecino de España de energías limpias para su posterior transporte a Alemania, que cubriría así parte de sus necesidades.

Los grandes productores de petróleo como los de la región del Golfo se han percatado también de la oportunidad que les ofrecen las nuevas energías, y así, por ejemplo, Arabia Saudí aspira a convertirse en “el mayor exportador global de hidrógeno”.

Rusia, otro gran productor tanto de gas como de petróleo, quiere seguir también por ese camino, y sus grandes empresas energéticas Gazprom y Rosatom pretenden producir en el futuro hidrógeno no sólo “verde”, sino también “turquesa”.

Este último se obtiene a partir del gas natural gracias a un proceso llamado pirolisis de metano que lo descompone en hidrógeno y carbono sólido, cuya ventaja es que este último puede luego utilizarse como fertilizante.

Moscú quiere además utilizar el gasoducto Nordstream 2, que atraviesa el Báltico y cuya terminación trata de impedir Washington con el apoyo de Polonia y otros países ex comunistas por motivos tanto geoestratégicos como comerciales, para transportar ese nuevo hidrógeno desde territorio ruso a Alemania y al resto de Europa.

Países como España, uno de los que gozan de más sol del planeta y donde las energías renovables llevan, sin embargo, un imperdonable retraso por culpa sobre todo de las puertas giratorias entre la política y la industria, tendrán que ponerse las pilas si no quieren perder esa nueva carrera.

Las nuevas energías limpias crearán cientos de miles de puestos de trabajo, también en la fabricación de los equipos tecnológicos necesarios para el equipamiento de las nuevas instalaciones, algo en lo que países como China ocupan ya un lugar destacadísimo.

Así, seis de los diez mayores fabricantes de instalaciones eólicas son chinos, y ese país ha adelantado también a Alemania federal en energía solar. China adelanta asimismo a los demás en número de patentes relacionadas con las renovables con un 29 por ciento del total frente al 18 por ciento de EEUU), y el 14 por ciento tanto de Japón como de la Unión Europea.

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