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Mercè  Marrero

La suerte de besar | Paella para dos

Durante un tiempo reivindiqué esos restaurantes en los que servían raciones individuales. Un arroz para uno era mi manera de reivindicar la independencia. Hoy solo quiero disfrutar de una paella para, mínimo, dos personas

Paella para dos

Paella para dos

No supe dónde estaba Bután hasta que saltó a la palestra por ser el primer país que elevaba la felicidad a una cuestión de estado. El Reino de Bután, nombre épico donde los haya, incorporó el indicador de la Felicidad Nacional Bruta y tuvo en cuenta variables como el cuidado del medio ambiente, el desarrollo sostenible, la igualdad o el buen gobierno. Vivir en un país que se toma tan en serio el bienestar de sus ciudadanos como nosotros los fondos europeos, debe ser toda una experiencia. Al suroeste de Bután, en el estado indio de Madhya Pradesh, decidieron poner en marcha una iniciativa parecida. El objetivo era garantizar el contento en la vida de la gente común. No se me ocurre una descripción más abierta para un organismo público, pero ellos trataron de lograr ese cometido a base de fomentar la tolerancia, las actividades artísticas o la meditación. Todo sonaba bien hasta que investigaron al responsable de esa cartera por un presunto asesinato. Toda luz tiene su sombra, como diría un titular cualquiera de La mente es maravillosa. En Emiratos Árabes Unidos le dieron la vuelta a ese concepto y, como ellos van sobrados de petróleo, organizaron la Patrulla de la Felicidad que, entre otras cosas, aplicaba el refuerzo positivo y premiaba a los conductores que lo hacían bien, en vez de multar a quienes se pasaban el semáforo en rojo. La pandemia dio al traste con este particular grupo de guardianes del contento y el gobierno anunció la digitalización del 50% de los servicios gubernamentales. El emoticono lo salva todo. Venezuela tampoco defrauda. Ellos, que tan buenos momentos nos han dado con sus series (Cristal, Marión y Luis Alfredo fueron un antes y un después en mi vida), también crearon un departamento a la altura de cualquier culebrón llamado Suprema Felicidad Social del Pueblo. Y se quedaron tan anchos.

Para mí, la felicidad es más de andar por casa y menos rimbombante. A veces es un cuenco de palomitas y una buena película y otras es dormir una siesta de un par de horas, pero la mayoría tiene que ver con tener a quienes quiero en mi órbita personal, disfrutar de buena salud o no sufrir por el futuro laboral. La pandemia ha dado al traste con todos esos pilares, nuestras relaciones sociales han quedado por debajo de la mínima expresión y la soledad se ha convertido en otra pandemia, pero de ésta hablamos poco. En Japón, en donde el 14% de las personas fallecidas que vivían solas fueron encontradas entre uno y tres meses después de su muerte y en donde se ha contabilizado un repunte de suicidios, con especial incidencia entre escolares y mujeres, han nombrado a un Ministro contra la Soledad. No sé si lograrán buenos resultados, pero aprecio que hayan llamado a las cosas por su nombre y no hayan usado un eufemismo del tipo Ministerio de la Serenidad de la Flor de Loto. Afrontemos que la soledad mata. Y que mata de muy mal modo.

Hace años me sentía moderna reivindicando restaurantes en donde poder comer una paella individual. Ilusa de mí. Ahora, lo único que ansío es poder reservar mesa en mi café preferido, con mis amigos del alma y pedir una paella para dos, tres, cuatro o siete personas. Cuanta más compañía, mejor.

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