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Antonio Papell

Elogio de los partidos

Los partidos están cargados de defectos. Juan Luis Cebrián los resumía, junto a los de la clase política en su conjunto, en un artículo este lunes con una serie de sustantivos que arrancaban de esta amalgama de elementos que forman la materia de lo público: corrupción, chaqueteo, clientelismo, endogamia, ineficacia, secretismo, arrogancia, estupidez…

Creo que no es pertinente este planteamiento, que equivale a este otro: hay que abominar de la naturaleza humana porque en ella hay crimen, extorsión, violencia, robo, belicismo, odio, racismo, xenofobia… Las desviaciones del género humano no desvirtúan su magnificencia porque hay elementos trascendentes en la búsqueda de la excelencia que muchos practicamos con mayor o menor éxito, con más afán o más displicencia… Pues de la misma manera, los partidos políticos son espléndidos agentes de representación política —en concreto, expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política, según el art. 6 de la Constitución—, por mucho que se produzcan desviaciones, que en muchos casos se practique una endogamia desnaturalizadora, y que a menudo quienes militan en ellos lo hacen para colmar el interés particular y no los intereses generales.

La bondad de los partidos políticos se basa sobre dos criterios que no son axiomas puesto que admiten demostración: mejoran y sustituyen con ventaja a la democracia directa y no tienen opción alternativa. Los partidos facilitan la democracia de segundo grado, o semidirecta, lo que permite tanto la estructuración de la voluntad popular como la constatación parlamentaria de que los problemas tienen en general más de una solución posible, a la vez que evita la peligrosa precipitación de las decisiones ‘en caliente’ de una masa enfervorizada votando a mano alzada o por aclamación. Y no hay opción alternativa porque aun los autócratas suelen apoyarse en ellos, en el partido único, residencia de las peores dictaduras como bien sabemos en este país.

Nuestro régimen de partidos funciona, y la prueba es que nos ha traído hasta aquí, que ha soportado la alternancia y que está operativo tanto mediante el bipartidismo imperfecto cuanto a través del multipartidismo. Y sus defectos son identificables y remediables. Quizá el principal sea el descrédito que experimenta la clase política, entre otras razones porque ejerce una profesión mal remunerada —cualquier medianía en el sector privado disfruta de una calidad de vida mucho mejor—, porque los partidos no están suficientemente abiertos, porque es necesario reformar el sistema electoral —las listas cerradas y bloqueadas generan clientelismo porque dejan en manos de los partidos la carrera de sus afiliados—, porque sus elites internas no circulan lo bastante ni se llevan a cabo procesos de selección rigurosos, etc. La realidad es que a pocos padres les apetece que sus hijos se dediquen a la política en este país… Y ello se debe a que, desde la dictadura, se asocia lo público con la marrullería, la venalidad, la vagancia y la mediocridad.

El problema no es solamente español; las crisis derivada de problemas judiciales surgidos por la financiación ilegal de los partidos han hecho estragos no sólo en España: también en Francia y otros países. Y personalidades históricas como Helmuth Kohl tuvieron un retiro amargo por esta causa… Pero la democracia parlamentaria, que es el sistema más perfeccionado para el autogobierno de las sociedades y a la vez el procedimiento más refinado para la resolución de conflictos, no puede concebirse sin estas organizaciones, que habrían de ser maquinarias inteligentes además de aparatos electorales, que deberían vincularse a los circuitos más elevados del pensamiento y que tendrían que ilustrar a la sociedad en general sobre las verdaderas opciones que esta puede seleccionar, con sus pros y sus contras. Si el régimen de partidos fuera realmente transparente y de un mínimo nivel, los radicalismos desaparecerían porque la demagogia se estrellaría ante la barrera de una sociedad culta. No denigremos, pues, los partidos, ni siquiera sembremos la duda a su alrededor sino que cumplamos con nuestro deber de fortalecerlos en la medida de nuestras fuerzas.

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