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jorge fauro

Madrid

La ‘madrileñofobia’ jaleada por Díaz Ayuso está calando dentro y fuera de su comunidad y recuerda al mismo relato atroz que ya escuchamos en Cataluña o Euskadi. Las heridas del agravio entre regiones tardan mucho en cicatrizar

De vivir junto al Mediterráneo he aprendido que tras el chirriar irritante de unos neumáticos saliendo a toda prisa, alrededor de ese inconfundible olor a goma quemada y sobre esas marcas inequívocas sobre el asfalto, es muy probable que se encuentre un paisano. Les aseguro que no todos son o somos así, y que detrás de esa extendida creencia de que oculto bajo un madrileño se esconde un tipo arrogante, chulesco, engreído y con infundados aires de superioridad, no se halla más que la injusticia del estereotipo, un sambenito tan banal y falaz como el que convierte en tacaños a los catalanes, en vagos a los andaluces o en tercos a los de Zaragoza. Todo es mentira. El sujeto que gasta caucho en el primer acelerón no es de ningún lugar en concreto, salvo que Gilipollas sea un país. Es un cretino amarrado a un gentilicio.

La evolución social incluye un kit de teléfonos móviles 5G y pantalla panorámica, series en streaming y youtubers en Andorra. Esto es la era moderna, el siglo XXI que no nos contaron en Regreso al futuro. Pero España nunca olvida meter su cainismo en el zurrón con el que viaja en el tiempo, como si en cada mudanza hubiera que cargar con algo viejo y gastado. La clase política bien se encarga de ello y una parte de la sociedad se traga ese discurso fácil y tramposo que no le saca a uno de las listas del paro, pero alienta como pocos las conversaciones a pie de barra. La presidenta de la Comunidad de Madrid habla de madrileñofobia y mete a todos en el mismo saco, a los de Madrid y a quienes viven fuera de Madrid, a unos como víctimas y a otros como fiscales, de la misma manera que Arzallus y ETA se arrogaban el sentir de todos los vascos o el independentismo catalán dice actuar en nombre y representación de todos los catalanes. Traducción: estamos solos, todos nos odian, haced lo que yo os diga y todo irá bien. Lo que sobra es retranca, lo que falta es sentido común.

Madrid es libertad, cuentan por ahí. Circula un vídeo de los hosteleros de la capital con este eslogan y Díaz Ayuso no ha tardado en difundirlo en sus redes. Aparecen cocineros y camareros preparando callos, cocido en tres vuelcos y cañas bien tiradas. De la España de los balcones ya nos olvidamos. Volvemos a la España de los bares. Madrid no ha puesto un euro en ayudas directas a la hostelería. Da igual. #YoConAyuso. En mi barrio hay más bares que en toda Suecia. Deberíamos celebrar otras Españas: la de la sanidad, la educación, la España del I+D, españoles en los balcones aplaudiendo a los científicos y a los profesores. Somos más de reivindicar las terrazas que de exigir salarios dignos para los investigadores.

Díaz Ayuso se considera la personificación del bocadillo de calamares, la del mantón de Manila y el vestido chiné, la emperatriz de Lavapiés, el oso y el madroño

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Ayuso está consiguiendo que muchos madrileños piensen que en otras comunidades se les odia más allá de los improperios tradicionales dirigidos ala grada del Bernabéu. El discurso está calando dentro y fuera de la capital. El mismo relato atroz -se dijo antes- que ya escuchamos en Catalunya o Euskadi. Las heridas del recelo patrio tardan tanto en cicatrizar que hubo que cambiar el sistema de matriculación de vehículos porque no había manera de vender un coche de San Sebastián fuera del País Vasco.

Denunciando una «madrileñofobia nunca vista hasta el momento», Ayuso no hace sino propagarla fuera e inundar la Villa y la comunidad entera de un tufo hediondo de victimismo a la caza del voto. Burundanga electoral, mierda de la buena. Y no deja de ser una paradoja por cuanto Madrid es ciudad de aluvión, donde solo uno de cada dos habitantes ha nacido en la capital (49%). Miren si no: de los 3,3 millones empadronados en Madrid (6,7 millones habitan en el conjunto de la autonomía), 220.000 proceden de Castilla y León; 170.000 de Castilla-La Mancha; 133.000 de Andalucía; 80.000 de Extremadura; 57.000 del resto de la comunidad autónoma (menos que extremeños, ojo aquí); 47.000 de Galicia…. y así hasta completar el ADN que transita por las venas de Malasaña, Chamberí y el Puente de Vallecas.

Pero Díaz Ayuso se considera la personificación del bocadillo de calamares, la del mantón de Manila y el vestido chiné, la emperatriz de Lavapiés, el oso, el madroño, el portero del Madrid, el central del Aleti y el utillero del Rayo. Todo a la vez, cuando si hubiera que compararla con los tres vuelcos del cocido habría que citar su irresponsable gestión de la pandemia, el fichaje hilarante de Toni Cantó y el turismo de borrachera que entona La Marsellesa al rebufo de «Madrid es libertad». Al final va a conseguir que caigan igual los madrileños que los franceses, con cuyos turistas de botellón parece estar aliada, solo que esta vez no tendrán su 2 de mayo. Las elecciones son el 4 y va subiendo en las encuestas. ‘Oui’. Vuelven los 80. ¿Recuerdan el eslogan? En efecto: Madrid me mata.

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