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Diario de Mallorca

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Eduardo Jordà

Resurrección

Hoy es Domingo de Resurrección. O quizá no. Más bien deberíamos decir que hoy es un día que hace mucho tiempo, en otra época, era celebrado como el domingo de Resurrección. Pero ahora esas palabras ya no dicen nada o casi nada, así que es inútil llamarlo así. ¿Sabemos qué es la resurrección? ¿Sabemos qué es la Pascua? ¿Sabemos qué es la Pasión de Cristo? ¿Tenemos idea de lo que significa todo eso? Si se hiciera una encuesta entre concursantes de La isla de las tentaciones, por ejemplo, es muy posible que ninguno de ellos supiera definir con un mínimo de sentido la idea de la resurrección. A lo mejor alguien recordaría algo que había oído contar en Cuarto Milenio o en algún canal de YouTube: algo seguramente relacionado con la ouija o las psicofonías, o tal vez con películas protagonizadas por Nicholas Cage, esas películas de profecías y videntes y mensajes encriptados en un lenguaje secreto como el del manuscrito Voynich. Pero eso sería todo. Y lo mismo podría decirse de un debate televisivo o de una mesa redonda de politólogos. Si alguno de ellos tuviera que definir la resurrección -la idea de otra vida, la idea de una vida que derrotara a la muerte-, esa persona se quedaría en blanco o soltaría un exabrupto pretendidamente gracioso. Y no habría más. Nuestras mentes contemporáneas parecen incapaces de explicar una idea así.

Es cierto que hay ciudades -o incluso regiones- en las que aún existe una tradición vinculada a la Semana Santa en la que una persona cualquiera es capaz de explicar una idea como la de la Resurrección: Andalucía, las dos Castillas, Murcia, algunas partes de Valencia o León. Pero hay otras partes de nuestro país en que esa tradición ha sido desmantelada por completo, y lo más curioso es que esas partes -Cataluña, País Vasco, Galicia y buena parte de Mallorca- son las que presentan una mayor incidencia del nacionalismo identitario. Ya sé que muchos sociólogos -y sobre todo filólogos- se enfadarán si leen esto, pero es evidente que hay una conexión entre una sociedad que ha perdido por completo cualquier huella religiosa y la irrupción de la ideología que se adopta como dogma de fe y como sustento de la vida colectiva (con sus nuevas liturgias y sus nuevas tradiciones que van marcando el ritmo de la vida cotidiana). Y al mismo tiempo que millones de personas son incapaces de tener una idea aproximada de lo que significan la Resurreción o el Calvario, estas mismas personas son las que se pasan la vida organizando liturgias cuasi-religiosas a favor de su lengua nativa (siempre martirizada como en el Gólgota por un poder opresor llegado de una lejana Roma colonialista) o en defensa del medio ambiente y la vida natural (destruidos por los mercaderes del Templo capitalista). Se mire como se mire, las cosas son así. Y en los lugares donde casi nadie sabe ya qué es la Resurrección es donde hay más veganos y animalistas y creyentes en las terapias y seudociencias New Age. Es una realidad observable y comprobable, siempre que alguien quiera verla, claro está.

Todos recordamos aquellos tiempos -en los años 60- en los que se nos decía que la religión era una superchería y una tomadura de pelo, y todos estamos de acuerdo en que muchas manifestaciones de la vida religiosa pueden ser interpretadas como supersticiones. Pero lo raro es que nadie se atreva a decir que también la ideología y sus múltiples manifestaciones (nacionalismo identitario, feminismo, socialismo, animalismo) tienen un gran componente de superstición y de fe irracional que no resiste ni un mínimo examen analítico. Todo el mundo se atreve a reírse de la fe religiosa, sobre todo de la cristiana -que nos puede parecer atrasada y autoritaria y estúpida-, pero nadie se atreve a reírse de otras clases de fe que quizá también son atrasadas y autoritarias y estúpidas. Podríamos empezar por el nacionalismo identitario -con sus liturgias y dogmas de fe y sus mandamientos y sus evangelistas y sumos sacerdotes-, y luego seguir y seguir durante horas. Sería un no parar.

Hace 40.000 años, en una cueva del sur de Francia, unos neandertales depositaron el cadáver de un niño en un agujero excavado en la roca. Primero pintaron su cuerpo con pigmentos de color ocre, luego lo cubrieron con flores, y después pusieron a su lado una flauta de hueso y una especie de arpa. Por último, lo taparon con una losa para que los animales salvajes no devoraran el cuerpo. Luego no sabemos lo que hicieron. Quizá cantaron y bailaron, o aullaron de dolor, o quizá se mantuvieron en silencio mientras ardía una hoguera y un brujo recitaba un canto fúnebre. El caso es que esos neandertales que creían en alguna clase de vida en el más allá, y que por eso habían dejado una flauta y una especie de arpa al lado del niño -Orfeo ya existía de algún modo en esa cueva-, quizá eran mucho más sabios que todos nosotros.

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