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Norberto Alcover

En aquel tiempo | Una Semana Santa para todos

Una Semana Santa para todos | ILUSTRACIÓN: INGIMAGE

Una Semana Santa para todos | ILUSTRACIÓN: INGIMAGE

La semana en que se dan cita los grandes misterios de la Pascua de Jesucristo, arranca sus días más significativos hoy mismo, Jueves Santo. Pero no solo para los creyentes, que somos muchos, también para todo hombre y mujer «de buena voluntad» que son capaces de contemplar el desarrollo de unos acontecimientos que llevan a un hombre bueno hasta el suplicio radical, el de la muerte por haber sido coherente con sus propias convicciones en favor de los demás. Ahora que, tras un año de pandemia, nos domina una sensación de fragilidad biológica pero también moral, la Semana Santa nos permite sumergirnos en nosotros mismos tomando como referente el «caso Jesucristo», paradigma histórico de esa palabra tan de moda y tan poco asumida: solidaridad, o lo que lo mismo, la cruel desigualdad rampante.

Y es que si algo permanece como radical e innegociable en el Cristianismo es la persona del mismo Jesucristo, en quien se dan misteriosa cita la humanidad y la divinidad, los dos parámetros tras los que cabalga la inteligencia y la emoción humana. Con las licencias literarias de las narraciones del Génesis, descubrimos allí lo que constituye la esencia de las ambiciones humanas: «seréis como dioses». Y esta pulsión del relato mítico permanece a lo largo de nuestra historia como conciencia soterrada del desarrollo de la humanidad. Pues bien, esa divinización terrena que nos fascina ya se ha producido en la persona de Jesucristo, “nacido de mujer”, en palabras de Pablo, el primero en profundizar en la persona de Jesucristo con una lucidez teológica extraordinaria. Uno de nuestra raza, la humana, ya se ha mostrado como Dios en su acción cotidiana. Y como nuestro Dios es Amor, es decir, donación gratuita de sí mismo, lleva su compromiso hasta «la muerte y muerte de Cruz», declaración de amor hasta la infinitud. Por esta razón, los «crucificados de la historia», en expresión de Ellacuría y de Sobrino, pertenecen a esta familia divina de quienes sufren para que los demás tengan vida, aunque sus muertes sean injustas y repugnantes. Lo sabemos bien.

Pero el sentido definitivo de la Crucifixión del Viernes Santo, el epicentro para muchos, creyentes y no creyentes, y que tantas veces relega la Resurrección a un segundo lugar, cuando no es así, ese sentido está encerrado en la Cena Última de Jesucristo, que convoca como momento testamentario al grupo más cercano: hombres y mujeres que le han seguido en la proclamación del Reino de Dios, esa forma de vivir y de convivir típica de la Voluntad del Padre, que se alargará, tras los misterios que celebramos, a toda la conjunción de esperanzas y de angustias del planeta que vivimos. Es la Cena del Jueves la que otorga significado a la Muerte del Viernes y la Resurrección del Sábado, prolongada como signo de esperanza a toda Iglesia y, desde ella, a todos nosotros y nosotras.

Tal es la conjunción de estos días santos en torno a la Salvación y Liberación ganadas por el Señor Jesús. Y como tal «conjunción» será bueno celebrar estos días hasta el Domingo. Como un todo dominado por los dos hechos capitales de este Jueves: la institución de la Eucaristía (un mismo pan y un mismo vino para todos) y el enigmático lavatorio de los pies. Un sacramento en el que se hace evidente Jesucristo y un gesto en el que ese sacramento de la fraternidad universal se traduce en Servicio también Universal, siempre a los pies de los demás. Sin Eucaristía no puede haber Servicio, pero a su vez sin Servicio la Eucaristía carece de sentido evangélico. Pero cada cual lo vive a su manera.

Es, pues, esta Semana en verdad Santa, una semana para todos. Porque, repito una y otra vez, se trata de responder a la celebración de la Cena de sacramento y de servicio con cenas semejantes en nuestra vida cotidiana: cenas en que hagamos presentes nuestros compromisos cristianos o sencillamente humanos, pero siempre bebiendo y comiendo en compañía de los demás, sobre todo de esos «crucificados vivientes» que serán los primeros en ese Reino de los Cielos, que vamos engendrando en este Reino de la Tierra. Volver a celebrar los misterios de este Jueves es identificarnos con todos los que necesitan apoyo físico y moral en este momento histórico y, a su vez, recuperar nuestra relación profunda y honrada con la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre en las entrañas de María de Nazaret. No estamos hablando de cualquier cosa. Nos situamos en el epicentro de todo sentido de nuestra fe crucificada y resucitada.

Sumergidos en esta pandemia que nos descentra, es el momento de «recentrarnos» en la contemplación humilde y liberadora de Jesucristo, hombre como nosotros, pero a la vez presencia de Dios para mostrarnos cómo ese Dios nos ha querido. Hasta la muerte y muerte de Cruz… Resucitada.

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