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Los más agudos historiadores de la II Guerra Mundial han apuntado el cambio radical que Stalin llevó a cabo respecto de la internacionalización de la dictadura del proletariado y el papel que jugaba en ella la Unión Soviética cuando, durante la guerra con Alemania, condujo las opciones estratégicas en la construcción del Estado de los soviets hacia el abandono del internacionalismo y la apuesta por un nacionalismo a ultranza. De tal suerte, los dos grandes imperios dictatoriales cuyo enfrentamiento condujo a lo que ha sido la Historia de Europa en la segunda mitad del siglo XX —y sigue siéndolo— tuvieron como objetivo primordial el de apuntalar el sentimiento nacionalista y reforzar las estructuras que se derivaban de él. El final de la Guerra Fría y la fragmentación de la Unión Soviética no hizo sino acentuar ese auge del nacionalismo, a la vez que el sentido de la ideología de izquierda perdía fuerza tanto por la desaparición de la idea de la dictadura del proletariado como por el empuje del Estado del Bienestar de la mano de la socialdemocracia europea.

El dilema entre internacionalismo y nacionalismo que resolvió Stalin optando por el segundo aparece hoy, bajo claves y en contextos por completo diferentes, cuando contemplamos el espectáculo político del intento de investir en el Parlamento de Cataluña un presidente del Govern. Los partidos que han firmado el compromiso de dar sus votos a un candidato soberanista excluyendo, por tanto, cualquier acuerdo con quien fue el vencedor en las urnas, el Partit Socialista de Catalunya, intentan pactar no sólo un gabinete sino un programa de gobierno también. Con el mismo dilema que se le presentó a Stalin encima de la mesa. ¿Hay que basar la estrategia de la legislatura en el logro del Estado soberano siguiendo la opción nacionalista o bien hay que poner en marcha un programa social que rescate en la medida de lo posible lo que queda de la ideología de izquierdas?

La presidencia fallida del inútil, olvidable y amortizado Torra deja muy claro que no se puede mantener una línea intermedia y ambigua. Siguiéndola, el govern resultante fue incapaz de sacar adelante ni una sola ley, por no mencionar el abandono absoluto de la gestión administrativa que ha llevado a Cataluña a su actual situación económica y sanitaria. Pero para dar el paso adelante hay que optar primero por una de las dos opciones posibles. Y eso parece difícil si Junts per Catalunya impone la preeminencia de la estrategia nacionalista mientras que Esquerra Republicana de Catalunya y la Candidatura de Unidad Popular (CUP) exigen el programa propio de cualquier izquierda que pretenda ser tenida por tal. Hay una solución, claro es: la del tripartito Esquerra-PSC-Comunes. Pero esa salida lleva colgado el sambenito de la traición al soberanismo catalán.

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