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Pedro Coll

El desasosiego

Estación Victoria.

Estación Victoria.

A Txema González Bravo, periodista, buen conversador y ante todo persona. Gracias por estos últimos años, amigo.

Hablo de memoria, pero recuerdo que en el Libro del Desasosiego Pessoa (su personaje) paseando por una de aquellas calles estrechas y empinadas de Lisboa se apercibió de que, delante de él y llevando su mismo paso, caminaba un hombre vestido con traje gris. De su mano izquierda pendía el típico maletín de ejecutivo. Pessoa (su personaje) decidió seguirle durante un rato. Se puso a observar su manera de andar, cómo era el balanceo del portafolios, el gesto ritual y periódico de llevarse a la cara el cigarrillo que sostenía con la mano derecha, de modo controlado y ostentoso, para que cada vez, de golpe, se formara una nubecilla de humo que se dispersaba veloz en el aire. En ningún momento le vio la cara, pero llegó a la conclusión de que no querría ser él, de que por ninguna razón del mundo podría vivir en aquel personaje, recuerdo muy bien que dijo que «antes preferiría no nacer».

El Libro del Desasosiego, escrito por Fernando Pessoa bajo el heterónimo de Bernardo Soares, es la autobiografía de «un hombre nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué». Pessoa habla de la doble personalidad. Pessoa y Soares sufren ambos por su inadaptabilidad a la realidad vulgar.

Un día caminaba yo (no mi personaje) a paso rápido por el centro de la ciudad y me fijé en que un tipo parecido al del personaje de Pessoa deambulaba delante de mí. Ya sé, hay tantos que no tenía por qué haberme llamado la atención, pero llevábamos el mismo camino y me vino a la mente el texto del portugués. Acompasé mi paso al suyo y me dediqué a analizarlo. Este no fumaba, pero llevaba el mismo tipo de maletín, el mismo corte de traje, caminaba con seguridad, debía encaminarse a una reunión de esas de gente importante... cuando de golpe hizo un gesto brusco, como si acabara de darse cuenta de algo. ‘¡Me lo he olvidado!’, pareció exclamar gestualmente. Aminoró la marcha sin detenerse del todo y con agilidad levantó el maletín. Manteniéndolo horizontal sobre la palma de su mano izquierda lo abrió con un hábil movimiento de los dedos de la derecha. ‘¡Clak-clak!’, sonó. Aunque yo anduviera un metro detrás de él, el contenido no escapó a mi vista: un batiburrillo de chicles, caramelos, golosinas, chocolates, piruletas, confites…

Sentí como si Pessoa y Soares me estuvieran observando, esperando mi reacción. Sin dudarlo ni un segundo me solidaricé con ellos. También yo, ante tal situación, hubiera deseado no haber nacido. De cómo puede uno mismo evitar nacer no nos da Pessoa ninguna pista. Tampoco me ha aclarado Google tan enrevesada paradoja. Pero voy llegar a dónde quería llegar cuando comencé a escribir estas líneas: si a estas alturas de mi vida algún Mefistófeles tentador me ofreciera una nueva larga existencia bajo la condición de encarnarme en un perfil de este tipo, no aceptaría. Por ninguna razón del mundo podría verme obligado a transitar por una vida que, para mi, careciera de fantasía e ilusión.

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